Por: Dora Isa González
Las nuevas generaciones que ya no quieren que les expliquen la política desde un escritorio, un mitin o una fotografía con diez personas detrás, las juventudes mexicanas están viendo el mundo desde otro lugar y, aunque muchas veces se les acusa de apáticas, desinteresadas o desconectadas, quizá el problema no sea que los jóvenes hayan dejado de interesarse por la política, sino que la política tradicional dejó de hablar de lo que realmente les importa.
México tiene alrededor de 42 millones de personas entre 17 y 35 años, poco más de una cuarta parte de la población, y 51% son mujeres. Es una generación que quiere oportunidades, pero también tiempo; quiere trabajar, pero no vivir para trabajar; quiere estudiar, pero necesita que un título universitario realmente abra puertas; quiere independizarse, pero se enfrenta a rentas cada vez más difíciles de pagar; quiere seguridad, pero no está dispuesta a renunciar a sus libertades para obtenerla. Y, sobre todo, quiere ser escuchada sin que cada conversación termine convertida en un discurso de campaña donde no fueron invitados.
Para muchos jóvenes, la política empieza en el celular, pero no termina ahí. TikTok, Instagram, YouTube y otras plataformas son hoy espacios donde se construyen opiniones, identidades y conversaciones públicas. Al mismo tiempo, esa generación enfrenta una enorme paradoja: está más conectada que nunca y, sin embargo, puede sentirse profundamente sola, ansiosa o desconectada de las instituciones. UNICEF ha advertido que la Generación Z mexicana mantiene una visión optimista y resiliente, así como también enfrenta altos niveles de ansiedad y estigma alrededor de la salud mental.
Por eso gobernar para las juventudes no significa simplemente abrir una cuenta de TikTok o poner a una persona joven en la fotografía; más bien, significa hablar de vivienda, salarios, movilidad, salud mental, seguridad digital, educación, empleo digno, cambio climático, cultura, espacios públicos y oportunidades reales de independencia. Significa entender que para una persona de 30 años la posibilidad de comprar una casa puede parecer tan lejana como para sus padres lo era imaginar una jubilación digna. Significa comprender que un joven no necesariamente quiere una dádiva del gobierno: quiere condiciones para construir su propio proyecto de vida.
Y aquí aparece una de las grandes contradicciones de nuestra política.
Mientras México presume avances históricos en materia de paridad, todavía existen estructuras políticas y administrativas que intentan conservar las viejas formas de poder y que cada día los aleja más de lo que quieren las juventudes, porque la mayoría desean igualdad para ambos géneros y diversidad.
La paridad ya no puede entenderse únicamente como llenar una cuota de candidaturas. Es cierto que hoy los partidos están obligados a cumplir con reglas de paridad y que el INE puede rechazar registros que no respeten este principio, pero, este gran paso histórico legislativo que obliga a que los partidos tengan 50 y 50 de hombres y mujeres, tristemente, en algunas cúpulas han encontrado la forma que solo sea igualdad de forma y no real.
Es decir, existe una vieja política que aprendió a evadir la paridad sin necesariamente violar una norma de manera evidente: mandar a las mujeres a competir en territorios históricamente perdedores, reservar para ellas espacios donde las posibilidades son menores, utilizarlas para cumplir porcentajes mientras las decisiones importantes siguen concentradas en otros, o permitir que lleguen a posiciones de responsabilidad para después subordinarlas a decisiones de superiores que cuestionan constantemente su autonomía.
Eso también es violencia política.
No toda violencia contra las mujeres en la política ocurre frente a una cámara o mediante una amenaza explícita. También puede aparecer en la descalificación permanente, en el aislamiento, en quitar atribuciones, en negar reconocimiento, en condicionar oportunidades, en hacer sentir a una mujer que debe agradecer el espacio que ocupa o que su permanencia depende de obedecer sin razones útiles, solo por el simple hecho de quitarles dientes para trabajar y reafirmar que no son nada que represente un par humano. El propio INE reconoce que la violencia política contra las mujeres puede presentarse desde la militancia y las candidaturas hasta el ejercicio de un cargo público y el desarrollo de una mujer en la vida pública.
Y cada vez resulta más difícil esconderlo.
Las nuevas generaciones están observando; las mujeres jóvenes están observando. Las redes sociales han hecho que muchas prácticas que antes ocurrían en privado hoy sean discutidas públicamente. Lo que antes se normalizaba como “así funciona la política”, hoy puede ser identificado como abuso de poder, discriminación, misoginia o violencia, sobretodo, y nuevamente lo repito, para las nuevas generaciones, provoca rechazo, que no sea lo de hoy.
Por eso el tiempo de las mujeres no puede reducirse a una consigna, tiene que convertirse en una transformación real de la manera en que se ejerce el poder.
México necesita juventudes candidatas, hombres y mujeres realmente a la par, sí, que haya mujeres tomando decisiones con el mismo derecho que lo tienen los hombres. Mujeres dirigiendo gobiernos, partidos, instituciones, empresas, universidades y proyectos sociales, y no, seguir viendo la foto de ocasión política, con puros hombres en la fila ¿porqué?. Mujeres que no sean colocadas como figuras decorativas ni como piezas intercambiables de una negociación política, y por supuesto necesita hombres capaces de entender que compartir el poder no significa perderlo: significa construir una democracia más completa.
Como anécdota, un día en el salón de clases veíamos fotografías de eventos internacionales de jefes de Estado, y un chico en su comentario dijo algo que refleja la visión de ahora: “que mal que no veamos a ninguna mujer en esa foto, se ve tan mal”.
Asimismo, desde el aula y el ejercicio del servicio público, necesitamos una nueva generación de políticos, hombres y mujeres, que no reproduzcan las mismas prácticas de la política que dicen querer cambiar, porque sería una contradicción enorme hablarle a la Generación Z de igualdad mientras se mantienen estructuras de subordinación; hablar de libertad mientras se castiga la autonomía; hablar de innovación mientras se gobierna con las mismas fórmulas de hace treinta años.
Incluso en la conversación cotidiana, es lamentable que si ven a una mujer exitosa, se reduzca el análisis a que fue por el hombre que la impuso, y si manifiesta una decisión, igual, por quien la tiene detrás controlada.
Por otro lado, las juventudes no necesitan políticos que pretendan parecer jóvenes, necesitamos políticos que entiendan nuestra realidad.
Y las mujeres no necesitan que les “den permiso” para participar, necesitamos que dejen de poner obstáculos diseñados para que nunca lleguemos demasiado lejos.
La política mexicana está entrando en una nueva etapa, quizá todavía no todos lo quieran reconocer, pero el país ya cambió; cambiaron las mujeres, cambiaron los jóvenes, cambió la manera de informarnos y cambió también lo que estamos dispuestos a tolerar.
El desafío ahora es que cambie el poder.
Porque México merece una política donde la edad no determine la capacidad y en cambio se camine con el grande para que nos de sabiduría; donde el género no determine las oportunidades y en cambio el hombre acompañe el proceso por la igualdad, y donde nadie tenga que pedir permiso para ocupar el lugar que legítimamente se ha ganado.
Es tiempo de mujeres. Es tiempo de juventudes. Y, sobre todo, es tiempo de una política que esté a la altura de ellas y ellos.




