Por Dora Isabel González Ayala
¿Sabías que el futbol nació como un juego popular del barrio?, ni modo que de otro lado, y ¿sabías que la Copa Mundial, en particular, nació con una idea que hoy parece olvidada, la de unir a las naciones en tiempos de posguerra?
Cuando el presidente de la FIFA, Jules Rimet, impulsó la primera Copa Mundial en 1930, -por cierto, ideado por Francia-, el mundo todavía intentaba recuperarse de las heridas de la Primera Guerra Mundial y para reavivar el espíritu y unir a las naciones, surgió la idea sencilla y poderosa resumida en que: los países compitieran en una cancha y no en un campo de batalla. Quizá por eso el futbol se convirtió en el lenguaje universal de millones de personas; ya que no importaba el idioma, la religión, la ideología o el nivel económico, solo únicamente, durante noventa minutos, todos compartían una misma emoción. Vaya, el Mundial era la fiesta del pueblo.
Sin embargo, al observar la Copa Mundial de 2026, una pregunta resulta inevitable: ¿sigue siendo realmente una fiesta popular?
México tiene una relación especial con los Mundiales, primero, en 1970, nuestro país organizó por primera vez el torneo y mostró al mundo una nación vibrante, optimista y orgullosa, ese fue el Mundial de Pelé, de los estadios llenos de familias, de los barrios decorados con banderas y de una experiencia que, aunque imperfecta, era accesible para gran parte de la población.
Dieciséis años después, en 1986, México volvió a levantar la mano cuando pocos países podían hacerlo tras la renuncia de Colombia. Fue el Mundial de Maradona y la “mano de Dios”, del inolvidable Estadio Azteca y de una generación de mexicanos que todavía recuerda dónde vio aquellos partidos, ¡las calles se convertían en puntos de encuentro y el ambiente mundialista se respiraba desde meses antes!
Hoy la realidad parece distinta.
Mientras se anuncian paquetes turísticos exclusivos, experiencias VIP y boletos cuyos precios están fuera del alcance de la mayoría de las familias mexicanas, millones de aficionados observan el evento desde la distancia. Para muchos jóvenes, asistir a un partido del Mundial en su propia ciudad será prácticamente imposible. ¡Qué caray! El problema no es que existan zonas premium; siempre las ha habido, el problema es cuando el acceso popular deja de ser una prioridad para las cúpulas económicas y políticas.
La consecuencia es más profunda de lo que parece, porque cuando el Mundial se convierte en un producto de lujo, también pierde parte de su capacidad para generar identidad colectiva, ya que el aficionado deja de sentirse protagonista para convertirse únicamente en consumidor sin alcances, y si sucede con eso … ¿con qué más? Frustración total.
Y la ironía histórica es enorme.
El torneo que nació para acercar a las naciones llega en un momento en que el mundo atraviesa una de sus mayores tensiones geopolíticas desde el final de la Guerra Fría: los conflictos en Europa Oriental, las tensiones en Medio Oriente, la rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China, las disputas comerciales y tecnológicas, así como el debilitamiento de organismos multilaterales; lo que han devuelto al escenario internacional un lenguaje que creíamos superado.
Estamos frente a un mundo cada vez más polarizado, que para los expertos es señal previa de tiempos de guerras globales y nacionales.
Tengo que ser enfática de esa preocupación, dado que justamente en momentos así es cuando los grandes eventos deportivos adquieren una importancia extraordinaria. ¿Se les ha olvidado? El futbol tiene la capacidad de recordarnos que las personas tienen mucho más en común de lo que las divide; que un niño de Iztapalapa, Benito Juárez, Álvaro Obregón, uno de Marsella, uno de Buenos Aires o uno de Tokio pueden celebrar exactamente el mismo gol.
Recuerdo una idea presente en la serie francesa Marseille, donde la política y el futbol aparecen constantemente entrelazados. Más allá de sus excesos dramáticos, la serie plantea algo muy real: pocas cosas tienen la capacidad de unir a una ciudad y a un país como su equipo de futbol. En medio de diferencias políticas, sociales o económicas, el deporte puede convertirse en un espacio de encuentro.
Por eso los empresarios y tomadores de decisiones deberían reflexionar…
La rentabilidad es importante, nadie discute que organizar un Mundial implica enormes inversiones, pero también existe una profunda responsabilidad social quieran verla o no. Un evento global de esta magnitud no puede medirse únicamente por los ingresos generados, sino también por su capacidad para fortalecer el tejido social.
Hacer accesible el Mundial no solo significa regalar unos cuantos boletos, significa tener un porcentaje representativo de boletos accesibles para la gente de a pie, también, generar zonas públicas dignas para ver los partidos, actividades gratuitas en las colonias, festivales culturales, espacios seguros para las familias, programas para escuelas, experiencias comunitarias y oportunidades para que la ciudadanía se sienta parte del acontecimiento.
No basta con vender álbumes, estampas o mercancía oficial, y espero no sea real ese rumor que será la ultima que Panini lo haga, más bien, el espíritu mundialista debe llegar a las plazas, los parques, los mercados, los deportivos y los barrios; porque cuando una ciudad (esa politeia) logra que la gente se apropie emocionalmente de un evento, el beneficio social puede ser tan importante como el económico, es más yo diría que en términos reales, vale mucho más para todos los actores, y más ahora 2026, en tiempos de polarización, la convivencia también es una inversión pública FUNDAMENTAL.
Y aquí surge la plática para nuestra capital chilanga:
La Ciudad de México será una de las grandes anfitrionas del Mundial 2026, tendrá reflectores internacionales, visitantes del mundo -ignorando que dicen seguimos en 40% de ocupación-, y una oportunidad histórica para mostrar nuestra riqueza cultural; pero, ¿qué está haciendo realmente para que los chilangos se sientan parte de esta fiesta?
¿Será suficiente lo que hasta ahora se ha anunciado para revivir el espíritu mundialista que alguna vez inundó nuestras calles? ¿O corremos el riesgo de que el Mundial pase frente a nosotros dejando únicamente fotografías para turistas que tienen el poder adquisitivo, estadios inaccesibles para más del 90% de las y los mexicanos y otros pueblos, y la sensación de haber estado muy cerca de algo que nunca terminamos de vivir?
Porque al final, un Mundial sin pueblo a la larga, es un mal negocio y además, no que hay que contrariar su origen que es originario del barrio y para unir a los pueblos.
Que no se convierta otra mala señal de la guerra que puede estar en la puerta




