Cómodos con el éxito, incómodos con el proceso propio

Por Ximena Michell Barrios Rios

Siempre me ha parecido fascinante el tema del éxito y el liderazgo. Desde chica consumía contenido sobre personas que inspiraban a otras a tener éxito, y lo que más me gustaba era que no seguían un patrón común. Podían ser emprendedores, artistas, deportistas, o simplemente personas comunes que representaban a un líder social dentro de su comunidad.

Pero con el tiempo descubrí que una cosa es inspirarse con historias de éxito, y otra muy distinta es aprender a ser líder en un mundo cómodo con el éxito ajeno e incómodo con el proceso propio.

De todas esas personas —a las que sigo admirando—, algunas me impulsaron a desarrollar ese sentido de liderazgo que siento que siempre ha estado dentro de mí. Ese impulso por hacer algo diferente. Por romper la secuencia que todo el mundo parece seguir.

De Yokoi Kenji siempre me gustó cómo hablaba de la disciplina sin perder la humanidad. Seguir al corazón y a la razón no son polos opuestos para él. Dar y hacer sin esperar nada a cambio. Esa forma de entender el liderazgo me ayudó a construir una base antes de intentar construir algo afuera.

Una de las frases que más me ha marcado la dijo Guillermo del Toro. En una conferencia confesó algo que pocos esperaban escuchar:

“Ustedes, los jóvenes, están en la edad exacta de la desesperación. Yo nunca me sentí más acabado y viejo que a los veintitantos años. Decía: ya me pasó la vida y no hice nada. Pero estoy aquí para decirles que no: tienen un chingo de tiempo, en verdad”.

Esa frase sacude porque, aunque apenas tengas 17 años, te identificas. Sentimos que los años pasan rápido. En un abrir y cerrar de ojos estamos en el último año de prepa, y ese vacío de no sentir que hemos hecho algo —teniendo tantas ideas— nos invade.

Conforme terminaba mi último año, empecé a hacer cosas concretas: tomar roles de liderazgo en actividades, organizar, representar, estar ahí para apoyar a otros. Poco a poco descubrí que me llenaba, que me hacía feliz y que se me daba bien. Pero no todo era fácil.

Como muchos jóvenes que buscan liderar y generar un impacto, me enfrenté a lo que hoy llamo el precio de tomar la iniciativa.

Al ser joven —y con ideas de querer liderar, ser en un futuro una líder social o alguien que “cambiara el mundo”— te topas con personas adultas que te dicen que eso no pasa, que te faltan cosas, que si no puedes cambiar simples hábitos, cómo esperas cambiar el mundo. Incluso personas de nuestra edad nos hacen a un lado porque mostramos más interés por estos temas que por tener una adolescencia “plena y tranquila”. Según ellos, nos estamos adelantando.

Suena familiar, ¿verdad?

Y ahí, entre esas frases y esas miradas, entendí algo: liderar siendo joven no es solo inspirarse. Es también aprender a sostenerte cuando los demás dudan de ti.

Lo cierto es que nadie te prepara para lo que viene después. Porque cuando empiezas a moverte, aparece lo que nadie muestra en los videos motivacionales.

Tomar la iniciativa es, muchas veces, un acto que debe cometerse en solitario. Proponer algo nuevo, organizar un proyecto, querer cambiar algo en tu entorno… rara vez viene acompañado de una multitud. Al principio casi siempre empiezas solo. Y aunque creas que muchas personas podrían ayudarte, cuando manifiestas la idea de hacer algo distinto, muchas de ellas cambian su apoyo.

Esto se refleja en equipos escolares, proyectos comunitarios, en cualquier espacio donde expones una idea y, por alguna razón, siempre alguien tiene una mejor que la tuya. La emoción del inicio se disuelve. Y ahí entra en juego algo fundamental: creer en ti. Porque si dejas que tu mente crea lo que los demás creen, ya estás acabado.

El mundo aplaude el éxito, pero el proceso en soledad… ese no lo muestra nadie. Ese es el gran olvidado.

Luego aparece otro silencio incómodo: el desprecio hacia el que intenta.

A muchas personas les gustan los resultados, no los procesos. Por eso suelen creer que el éxito ocurre por arte de magia. Y ver a jóvenes luchando tanto por ser reconocidos les parece absurdo. O peor: los creen inferiores.

Ya sea porque piensan que saben más que ellos, o porque simplemente creen que alguien tan joven no se merece el éxito. Como si la edad fuera un requisito para tener derecho a soñar.

Te lo dicen con frases como “todavía te falta”, “disfruta tu adolescencia”, “más tarde tendrás tiempo”. Pero lo que realmente quieren decir es: “tú no estás en tu lugar. Todavía no te toca”.

Y lo más extraño es que muchas de esas personas nunca han tomado la iniciativa en nada. Pero eso no les impide opinar.

Aprender a filtrar esas voces no es opcional. Es supervivencia. No se trata de ignorar a todos, sino de identificar quién realmente camina a tu lado y quién solo comenta desde la barrera.

Con el tiempo entendí que el liderazgo joven no se trata de demostrarles nada a los que dudan. Se trata de construir a pesar de ellos. De sostenerte cuando el mundo te dice que esperes. De seguir moviéndote aunque nadie esté mirando.

Porque liderar no es tener un título ni que te aplaudan. Liderar es tomar la iniciativa cuando nadie más lo hace. Es quedarte cuando otros se van. Es aceptar que vas a estar incómodo con tu propio proceso muchas veces, pero aún así seguir.

El éxito no es un destino mágico. Es una decisión repetida cada día, en silencio, sin aplausos. Y si algo he aprendido es que los jóvenes que insisten —aunque los miren raro, aunque los subestimen, aunque nadie los invite a la mesa— esos son los que un día cambian el orden de las cosas.

No porque sean especiales. Sino porque no supieron dejar de intentarlo.

Comparte este artículo