¿Quiénes somos l@s mexican@s?

Por Dora Isabel González Ayala

Cada cuatro años ocurre algo extraordinario, y más si es la tercera vez que nos convertimos en sede del Mundial de Futbol, de pronto dejamos de preguntarnos por quién votó el vecino, cuánto gana, qué religión profesa o si piensa distinto, en cambio nos abrazamos con un desconocido después de un gol, cantamos el mismo himno, pintamos las calles de verde, blanco y rojo y, por unas horas, recordamos algo que a veces la política olvida: antes que partidos, somos mexicanos.

Pero, ¿quiénes somos realmente?

México es demasiado grande para caber en una definición, es como definir el sabor, sin embargo, a lo largo de la historia, algunos de nuestros más grandes escritores han puesto tinta a la obra de ser nosotros:

Octavio Paz escribió que “el mexicano puede doblarse, humillarse, agacharse, pero no rajarse”. Detrás de esa frase existe una idea que nadie negamos: somos un pueblo resistente, o ¿cómo lo llaman ahora? RESILIENTE, porque aguantamos crisis económicas, terremotos, pandemias y violencia, pero seguimos levantándonos.

Carlos Fuentes decía que “México es un país que siempre está comenzando”; quizá por eso nunca perdemos la esperanza de que las cosas pueden mejorar, incluso después de las peores decepciones.

Carlos Monsiváis afirmaba que “el mexicano sobrevive gracias al humor”; y basta caminar por cualquier colonia para comprobarlo; ya sea en medio del tráfico, de la lluvia, de los problemas cotidianos, siempre aparece un chiste, un meme o una carcajada colectiva que nos recuerda que la alegría también es una forma de resistencia.

Elena Poniatowska dedicó buena parte de su obra a demostrar que México también es solidaridad, porque después de cada tragedia aparecen miles de manos anónimas que no preguntan de qué partido eres ni cuánto dinero tienes, simplemente ayudan.

José Vasconcelos imaginó a México como parte de una “raza cósmica”, una nación nacida de la mezcla de culturas, capaz de construir algo nuevo a partir de la diversidad, porque somos hogar de todas las nacionalidad y acogemos a todos ¿a poco no nos convertimos en los mejores anfitriones de los jugadores extranjeros?

Rosario Castellanos nos recordó que ningún país puede llamarse verdaderamente justo mientras excluya a parte de su población, especialmente a las mujeres y a los pueblos indígenas.

Jaime Sabines encontró en la sencillez de la vida cotidiana la esencia del mexicano: el amor por la familia, por los amigos y por esas pequeñas cosas que dan sentido a la existencia.

Juan Rulfo retrató el silencio del campo mexicano, las heridas que deja el abandono y la enorme dignidad de quienes, aun con muy poco, siguen adelante.

Martín Luis Guzmán narró cómo el poder puede deformar los ideales revolucionarios, una advertencia que sigue siendo vigente cuando la política olvida para quién gobierna.

Y Ricardo Flores Magón insistía en que la libertad no era un regalo del poder, sino una conquista permanente de la ciudadanía organizada.

Diez miradas distintas, diez maneras de entender un mismo país; y ninguna agota lo que somos, pero todas coinciden en algo: México nunca ha sido un pueblo indiferente; eso es precisamente lo que el Mundial vuelve a demostrar.

Mientras algunos analistas reducen al fútbol a un negocio, millones de mexicanos lo viven como una celebración comunitaria, en que en los barrios aparecen pantallas improvisadas, las familias organizan comidas, los vecinos se reúnen en la esquina, los niños juegan con una pelota soñando vestir algún día la camiseta nacional.

Hay que caer en cuenta de la lógica de que la fiesta no nace de un estadio, sino que nace de la comunidad.

¿Cómo entender esto? Los mexicanos participamos cuando organizamos una kermés escolar, cuando hacemos una tanda, cuando limpiamos el parque, cuando ayudamos al vecino, cuando defendemos nuestro barrio, cuando salimos a votar, … cuando llenamos una plaza para celebrar un gol.

Hay quienes creen que el problema de México es que la ciudadanía no participa, yo pienso exactamente lo contrario: las y los mexicanos participamos muchísimo… siempre que sentimos que vale la pena hacerlo.

El verdadero desafío político consiste en lograr que esa misma energía que aparece en un Mundial también se convierta en participación para mejorar nuestras colonias, nuestras ciudades y nuestro país, porque lo que busca la inmensa mayoría de las familias mexicanas no es vivir peleando entre ideologías.

No queremos despertar preguntándonos si hoy habrá una balacera cerca de casa.

No queremos que el esfuerzo de toda una vida desaparezca por una extorsión.

No queremos que un joven tenga que elegir entre emigrar o resignarse.

No queremos vivir con miedo.

Queremos algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: la certeza de que si trabajamos, estudiamos y hacemos las cosas bien, podremos prosperar; esa es la verdadera seguridad y cuando existe esa certeza, florecen los barrios, crecen los comercios y la cultura llena las plazas. El deporte une generaciones.

El Mundial no crea esa identidad, simplemente nos recuerda que somos un pueblo alegre, solidario, trabajador y profundamente comunitario, que sabemos organizarnos cuando encontramos una causa común y quizá ahí está la mayor enseñanza para quienes toman decisiones públicas.

Gobernar no debería consistir únicamente en administrar conflictos, sino en despertar esa enorme capacidad colectiva que los mexicanos demostramos una y otra vez.

El verdadero reto es construir un país que esté a la altura de su gente, un México donde la esperanza no dependa solamente de un Mundial cada cuatro años, sino de la tranquilidad de todos los días.

Porque si algo demuestra nuestra historia es que este pueblo nunca ha dejado de intentarlo.

Las y los mexicanos siempre aspiramos a lo imposible, pero igual nos gusta la simpleza de poder vivir con dignidad, en paz, con oportunidades para salir adelante y con la certeza de que el esfuerzo sí vale la pena.

México merece más.

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