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HACH BARUM | Navegantes Literarios

Por: Dr. José Luis Flores

Cuento corto basado en las tradiciones y leyendas mayas.

HACH BARUM

– ¡Ssssssss! -gimió el viento entre las hojas.

– pl, pl, plii, bl, bluu, pl, pl, pli, bluu –respondió el arroyuelo.

– ¡Pfiiiif! -Silbó la serpiente.

La araña continuó con la elaboración de su red, salpicada de diamante por la suave llovizna matutina, en tanto que el jaguar fijó sus ojos en el pequeño Hach Barum, quien corría apresurado, tratando de alcanzar a Kayum Maax, el pintor del pueblo, el conocedor de los secretos de los dioses:

-Kayum,  dime, ¿qué se ha hecho de mi padre Chan Kin Viejo?

—Ha sido recibido por nuestro padre  Nohotsakyum, el gran dios. Ahora su alma es como un colibrí: alegre, libre y dulce.

—Kayum, yo también quiero ser como un colibrí. ¿Puedo volar con papá y descansar donde él descansa y jugar donde él juega?

Hach Barum es un niño lacandón que hace poco más de tres meses, ya casi cuatro, perdió a su padre. Antes de morir, Chan Kin Viejo to­sía mucho. Ahora también Hach Barum tose.  ¿Te pondrás triste, querido amigo? ¿Te darás cuenta que el niño lacandón, al igual que su padre, al igual que la selva toda, se está muriendo?

Kayum lo sabe, también sabe que su pueblo se muere, que le qui­tan sus tierras y les talan la selva.

Por la noche Chan Puk,  su compañera  de  juegos,  fue a verlo.

-Mamá Coh me ha dicho que ya no iremos al lago a platicar con los pecesitos. ¿Es cierto?

-Es cierto. Papá Chan Kin Viejo me está esperando y yo prometí que me iría con él, pero no te preocupes: en cuanto yo me vaya mi alma será como la de un avecilla y, en vez de uno, tendrás muchos amigos cada vez que se te acerque un pajarito. Seré yo quien venga, a jugar contigo. Te ensenaré a volar y juntos iremos a las tierras doradas del sol en donde se encuentran nuestros ancestros.

— ¿Te quieres ir?

– Sí, y no estoy triste por eso Chan Puk. Al contrario, me alegro mucho porque Chan Kin Viejo vendrá por mí y me volverá a contar historias y me verá con los mismos ojos dulces en los que me gustaba verme reflejado. Quiero seguirlo y no despertar cada día buscán­dolo.

Durante la noche Hach Barum tuvo fiebre. Kayum Maax estaba con él al igual que Chan Agoal y la pequeña Chan Puk, quien había decidido permanecer con su amiguito.

– ¿Tienes miedo? -preguntó ella.

– Poquito -respondió él. Fue entonces que se levantó como pudo de su lecho y miró al cielo. Desde pequeño sus mayores le enseñaron a escuchar y entender el lenguaje de los árboles, las plantas, los riachuelos, el viento, las aves y los animales todos de la selva. En ese instante alzó Hach Barum la vista y descubrió al colibrí que revoloteaba por encima de su cabeza y sintió entonces como si su alma se escapara por los ojos. Kayum comprendió que había llegado el momento,  así que tomó entre sus fuertes brazos al niño.  Cuando depositó el cuerpecillo de Hach Barum en la cama éste ya se había ido.

—No hay nada que se pierda -dijo Kayum, al tiempo que dirigía su mirada hacia Chan Puk. Pero ella no escuchaba: sus ojos, llenos de lágrimas, contemplaban con alegre emoción a dos pequeños colibrís que jugueteaban cerca de la ventana y se reían con ella.

-¡Ssssssss! -gimió el viento sobre las hojas.

-Pl, pl, plii, bl, bluu, pl, pl, pli, bluu -respondió el arroyuelo.

-¡Pfiiiiiiif! -silbó la serpiente.

La araña continuó con la elaboración de su red en tanto que el jaguar fijó sus ojos en  el cielo…

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