Opinión

Oratoria: El Arte de la Verdad

Por: Ildefonso Peña Díaz

Descubramos el alto significado de la oratoria en los tiempos modernos, sobre todo desde una visión transformadora, porque naturalmente nos encontramos en un momento cumbre en la vida, social, cultural y política de nuestro México.

Y porque la Cuarta Transformación Nacional, no puede exceptuar de su influencia revolucionaria, al legado de generaciones de hombres y mujeres, que magnificaron su talante de hablar en público y acrecentaron con el tiempo corolarios resplandecientes de verdades, envueltos en la túnica hierática de la belleza que ennoblece, la emoción que rejuvenece, la realidad que apadrina la comprensión y los matices de la erudición acometidos por la fraternidad ecuménica, para proyectar el arte que, crea, ilustra, conceptúa, encausa, precisa, pero sobre todo que educa y cultiva a quienes poseen la amplia visión formativa de desarrollar las potencialidades espirituales de sus semejantes, a un status más humanista y menos rústico.

La palabra entonces, se reconcilia en gnosis, y se transmuta en existencia, en concordia, en substancia, en amplitud, en bifurcación de carácter y energía; la palabra germina en el hombre y es la aglomeración de su pensamiento, de ahí surge naturalmente su temperamento y su condición de hombre se vuelve tanto más sublime, tanto más complejo su vocablo y su conocimiento. Entonces podemos afirmar que surge la oratoria, siempre limpia y dispuesta, para decir y convencer, para apuntar verdades, para ilustrar la imaginación, para matizar los pensamientos, para ensanchar el mundo, para elevar el espíritu, para vigorizar la idea, para instituir una doctrina y para persuadir y mover a la acción, pero con técnica y con armonía.

En la biósfera, todas las especies animales, se caracterizan por una condición particular que los destaca por encima de los demás seres, el elefante, por ejemplo, cautiva por su belleza que radica en su descomunal dimensión; los ojos penetrantes del águila no tienen parangón con ninguna otra especie; como un alsaciano se distingue por su agudísima inteligencia y su singular nobleza; así el hombre por supuesto, colocado en la cumbre horizontal de la cadena evolutiva, destaca en el orden universal, por su sutilísima inteligencia, símbolo de su origen en los confines de las estrellas, pero ésta sería nada sin la palabra, a través de la que se hace tangible en nuestro infinito existencial, que a su vez nada vale si no lleva cuando menos una picota de verdad y de elocuencia, para transformar la bioquímica cerebral, en un mundo de realidades, donde nace el más grande sentimiento, que es el amor que todo lo obtiene.

Por eso es necesario afirmar nuevamente el uso de la oratoria, como un instrumento sociocultural, que implica destreza en la comprensión, habilidad para razonar y pericia para discurrir y perfeccionar; más aún, la oratoria es el perfeccionamiento, es el arte de exponer con elegancia y de hablar con propiedad, así como la elocuencia quiere decir superioridad, inspiración, ímpetu y pasión. Estas reflexiones me mueven a aseverar que quizá no es necesario llegar a la elocuencia, pero si establecer la necesidad de la oratoria, para decir y convencer, y para recordar que solo cuando se alcanza la palabra se adquiere la verticalidad del ser humano.

También creo que el espíritu de su oratoria, es hablar con verdad, antes que, con belleza, porque no hay oratoria si no hay verdad y si no hay belleza, lo que equivale a afirmar que el vértice de la oratoria de esta nueva generación de políticos transformadores, es la franqueza de su mensaje y porque la oratoria no existe sin la verdad, porque la palabra es al mismo tiempo verdad y la verdad sin duda es belleza.

Esta, considero, es la moldura revolucionaria de la oratoria cuando hablamos de la cuarta transformación nacional, es decir que resulta obligatorio, que todo político que así se jacte de serlo, debe expresarse con claridad y con pasión, pero sobre todo con verdad; porque su doctrina implica innovar y mejorar todos los procesos del espíritu social del pueblo de México, comenzando desde luego por los representantes populares, quienes ineludiblemente, deben instruir con el ejemplo, porque esta es una de las propuestas sustanciales del ideario obradorista, no robar, no mentir y no traicionar al pueblo.

Ciertamente, quizá haga falta oficio a la hora de la elocuencia, quizá haya que trabajar un poco más en la belleza de la argumentación, como en su momento lo hicieron Andrés Serra Rojas, Justo Sierra, Jesús Urueta, Diódoro Batalla, Francisco Bulnes, Belisario Domínguez, Luis Cabrera, Francisco M. de Olaguibel, Querido Moheno, Nemesio García Naranjo, Antonio Caso, José Vasconcelos, o Vicente Lombardo Toledano, pero a pesar de esas insuficiencias podemos concluir que, el grado máximo de la belleza, es la nitidez del pensamiento pródigo y liberal.

Entonces resulta apremiante que, en esta hora de transformaciones, se retorne al uso correcto del lenguaje, el intervalo de la palabra, pero sobre todas las cosas, al uso indispensable de la verdad, sin la cual no hay oratoria que valga, ni elocuencia de subsista. Efectivamente, de qué sirve el faro de la palabra, si ésta, no va precedida e iluminada por la verdad; de que vale la elocuencia si vive embriagada con el bálsamo indecente de la hipocresía; para qué la oratoria, así tan bella, con sus luengos ropajes de cristal, si la enturbia el efluvio nauseabundo de la simulación. Efectivamente, es estéril la oratoria secuestrada por la falsedad; nada vale la retórica, subyugada por la comedia mendaz, de nada sirve la argumentación erigida con cimientos carcomidos de sainetes; y nada vale un discurso elegantemente aderezado con el veneno vil de la simulación y la indecencia.

Sí el valor inmortal de la oratoria, sí el arte de decir y de convencer con talento y con belleza, sí la elocuencia y la dialéctica surgida de los floridos rincones del pensamiento, sí a la palabra repleta de metáforas iridiscentes, pero siempre y cuando emerja de la verdad, se fragüe en la fidelidad y se forje en la franqueza. Porque de lo contrario asistiríamos a los funerales de la decencia, y las exequias de la dignidad y entonces la palabra, solo sería un cadáver yerto, sobre el suelo agonizante de la democracia mexicana.

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