Opinión

Miguel Hidalgo: Un Erudito de Corte Liberal

Por: Ildefonso Peña Díaz

Todo candidato que hoy afirma en su plataforma política, su deseo de cambiar el rumbo del País, del Estado o del Municipio, debe por fuerza, conocer profundamente la historia del mundo y de la nación, porque es imposible transformar aquello que se desconoce, por más sana y virtuosa que sea su intensión y a todas luces resulta inverosímil querer aportar al desarrollo de un pueblo, sino anida en el cerebro una visión de estadista fraguada en una dilatada cultura.

Y justamente uno de los capítulos de la historia de nuestro país, que reafirma que “Sólo el hombre culto puede ser libre”, como quería José Martí, es la inescrutable biografía del Padre de la Patria Don Miguel Hidalgo y Costilla, un hombre de talento extraordinario y de tan vasta cultura, cuya lucidez y patriotismo, lo posibilitaron para arrebatar a los peninsulares la tea prometeica de la nacionalidad mexicana (todavía no conceptualizado con el nombre de México), para otorgarla a los hombres libres de una nueva patria.

Por eso Hidalgo persiste en la memoria social, y su vigencia y su nombre va más allá de los tiempos y de las fronteras; no quiero remontar detalles precisos de su nacimiento, porque múltiples biografías ya lo han hecho con bastante maestría, sólo es mi intensión recordar al hombre culto con rasgos de genio, al hombre libre con perfiles de profeta, no la imagen idealizada en bronces y canteras, sino al espíritu transformador de género libertario, de aquel cura que vivió rodeado de  libros en el Colegio de San Nicolás, al hombre libre de hálito renacentista, siempre amable y de buen carácter, con una amplísima visión de la existencia, gracias a su disciplinada formación personal y a su dilatada e incuestionable cultura; al estudiante y rector que estaba perfectamente instruido del acontecer en el mundo, al espíritu imbuido en las ideas del siglo de las luces y la ilustración francesa, en fin, al proyectista y al forjador de libertades y derechos contra los abusos de los gachupines.

Que equivocados estaban y están, aquellos que aún le imputan el no haber asumido un método casi  matemático sobre el régimen de gobierno que ambicionaba; que ingenuos aquellos que creen que Hidalgo sólo planteó una revolución armada, cuando en realidad el Padre Hidalgo anhelaba ante todo, una revolución educativa y cultural, como el mismo lo hizo en su propia casa, conocida como la Francia chiquita, donde se representaba el Tartufo de Moliere y se leía a los enciclopedistas franceses y las Fábulas de La Fontaine. Como no admirar al cura libertario si los destellos del siglo de las luces habían iluminado como un fanal expiatorio su cerebro iridiscente, a través de las lecturas de los ilustracionistas y la filosofía escolástica renovada, que impartían en sus cátedras los jesuitas como Campoy, Clavijero, Castro Alegre, Dávila, Alzate, Díaz de Gamarra, Pérez Calama y Maneiro.

Era Hidalgo un visionario con rasgos de genio, un Quijote y a la vez un Sísifo y un Prometeo, apodado por sus correligionarios como “El Zorro”, por su agudeza, su brío, su inteligencia y el supremo poder de su palabra, simpático y agradable hasta el cansancio y por esa virtud querido por los indios, de quien el insurgente Pedro García refiriera –que su elocuencia y su conocimiento eran irresistibles y que después de admirarlo le tributaba el más alto respeto-.

Efectivamente sólo se puede admirar y comprender la vida de Hidalgo, no desde su atalaya en el altar de la patria, sino desde su perfil humanista, y su espíritu libertario, con sus defectos humanos y el formidable don de su oratoria, con su inmenso amor a los desheredados y su profundo sentimiento libertario, como quedó manifiesto cuando hizo sonar la hora de la libertad en la iglesia de Dolores y lo siguió una turba desarrapada e incontenible, armada sólo de piedras y palos, pero decidida y gallarda a regar con su sangre el árbol de la independencia[1]. Y sin el don de su convencimiento, y la verdad y la belleza de su retórica, esto habría sido materialmente imposible, porque aquella madrugada nada más y nada menos, se comenzaba a construir la que sería después, la mexicanidad de un pueblo que suspiraba por su emancipación.

Como erudito, Hidalgo en su Disertación sobre el verdadero método para Estudiar Teología Escolástica, demostró su profunda comprensión, rechazando el contenido filosófico aristotélico en su forma metódica y destacando la teología positiva sobre la especulativa, manifestando con ello un dilatado conocimiento sobre las obras de Anaxágoras, Aristóteles, Cicerón, Pitágoras, Séneca, Tertuliano y Santo Tomas de Aquino entre otros, a más de Rosseau, Montesquieu, Moliere y Racine. Por lo que podemos afirmar que Hidalgo era un profundo conocedor de la cultura Universal y además tenía una formación académica muy sólida, pues sabía hablar francés, latín, náhuatl, otomí y tarasco. Dice el maestro Lorenzo Orihuela que –Hidalgo no sólo fue brillante de inteligencia, sino preclaro de entendimiento, … fue un intelectual liberal, lo que hoy se llamaría de una ideología de izquierda-. Y claro que lo fue, pues únicamente a los espíritus libres les está reservado la fuerza de la transformación, como vedada está para los obtusos conservadores.

De ahí la importancia del conocimiento de la Historia en general, porque nada grande puede construir el hombre o el político si desconoce los fundamentos básicos de la cultura universal, nada podrá trazar de importante quien ignore la retórica y la filosofía, así como nunca pasará a la historia el que ha leído escasamente y reflexionado y discurrido con carestía y que, por tanto, ha cultivado indigentemente su inteligencia y su cosmovisión del mundo.

Que sea el ejemplo de Hidalgo para esta y para futuras generaciones, no en vano el actual ejecutivo federal, con su visión de estadista y su amplia e innegable cultura lo ha elegido como imagen institucional del gobierno de nuestro país.


[1] Cabe señalarse que es una introducción a la idea de Independencia, que era concebida por Miguel Hidalgo como el reconocimiento de la Junta de Gobierno como un Estado independiente a la metrópoli y sus peninsulares, pero subordinado al Rey, quien en este caso era Fernando VII, mismo que se encontraba arrebatado por “Pepe Botellas” hermano de Napoleón Bonaparte. Fue hasta el mando de Morelos, quien realmente concibió el deseo de una nación verdaderamente independiente.

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