Opinión

Mujer: la Perfección del Cielo en el Mundo Terreno

Por: Ildefonso Peña Díaz

En memoria de Simone de Beauvoir, la autora de: “El Segundo Sexo”, “La Vejez”, “El Pensamiento Político de la Derecha”, “Norteamérica al desnudo”, y el “Existencialismo y la Sabiduría de los pueblos”, en París Francia, y con el impulso de Julia Kristeva, escritora y filósofa francesa, en 2008, año del centenario de la autora feminista, se creó el premio “Simone de Beauvoir por la Libertad de las Mujeres”, para galardonar a quienes, por su obra artística o sus acciones relevantes, promuevan la libertad de las mujeres en el mundo. Este premio está sufragado por la Universidad Diderot de París, Francia y tiene como finalidad que el 8 de marzo de cada año se celebre el Día Internacional de la Mujer, para concientizar a todas las sociedades del mundo, de la preeminencia sobre la igualdad de género y la distinción del rol de la mujer en el mundo actual.

Sin embargo, considero que nada hay que celebrar en el orbe, si sólo se dedica un día a homenajear a la mujer, cuando contrario a la creencia apoteótica, debiera alcanzarse un auténtico, sencillo y nítido homenaje a ella, todos los días, todas las horas y en todos los rincones del mundo. Pues toda fecha pierde significado, cuando su objetivo se derrumba en la violencia o en el olvido y justo eso, es lo que jamás debe ausentarse en el pensamiento del hombre, como abuelo, padre, hijo, hermano o esposo del ser más diáfano, bello y radiante de la creación entera. La mujer es el único portal astral para el advenimiento del ser humano a esta vida terrenal, pues a ella le dispensó el supremo creador el omnipotente imperio de dar vida a los hombres, por lo que solo a ella, está reservada la perfección del cielo en el mundo terreno.

Por tanto, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la emancipación de la mujer y el respeto hacia ella, son el termómetro de la cultura de los pueblos. Y no hay pueblos en el globo terráqueo, que no hayan rendido culto a la mujer desde la silente y taciturna prehistoria, en la que ya se había establecido un vínculo entre la fertilidad de la tierra y la fecundidad de la mujer, pues solo a ella estaba reservado el misterio de la creación, cobrando desde entonces la sacralidad femenina una importancia tal, que de grado en grado las culturas del mediterráneo veneraron a las diosas Isis, Cibeles y Rea; los budistas a Guan Yin, a Freyja los nórdicos, los mayas a Ixchel y a Coatlicue los nahuas. Quizá por ello Domingo Sarmiento decía que “podía juzgarse el grado de civilización de un pueblo, por la posición social de la mujer“. Y si las culturas antiguas dieron un lugar privilegiado a la mujer, en pleno siglo XXI, no podemos ser menos que ellos, es decir, tenemos la obligación de rendir culto a las mujeres de todos los rincones del mundo, pero no en un solo día, ni con un bizantino regalo pasajero, sino con nuestros pensamientos que dirigidos a ella deben ser cristalinos y afables; con nuestras acciones que encaminadas a ellas deben ser siempre respetuosas y consideradas.

Venerar a la mujer no es la simpleza de propagar en las redes sociales nuestra admiración por ella, es el trato incondicionalmente amable a todas las horas de todos los días; no es concederle obsequios gravosos cada año, sino obsequiarle delicadeza y comprensión en cualquier instante; no es invitarle a comer un día del año, sino llevarla en el corazón en un mundo sin fronteras de espacios o periodos y obsequiarle tiempo, que es el más grande regalo que puede hacer un ser humano a cualquiera de sus semejantes.

Efectivamente, primero como madre, y luego como hermana, esposa o hija, la mujer es una raíz inagotable de amor, que nos enseña desde nuestros primeros años el valor del cariño insondable y auténtico, nos resguarda con sus brazos, pero también con su espíritu íntegro, es el ala protectora que el todopoderoso le concedió a los hombres malos y buenos, nuestro sueño es el suyo, pues con su propia esencia nos da la vida y al instante se transfigura en el albor de nuestro destino, ¿porque no decir? que la mujer es Dios mismo que descendió a la tierra en su más excelso y sublime perfil. Es la estela de luz en las lóbregas noches de soledad y hastío; y la ternura de la vida cuando llegan los tiempos duros y amargos del destino.

Por la mujer como la mía, la patria tiene buenos y valerosos hijos, porque no conozco un ser tan abnegado y laborioso que trajina con tanta pasión todos los días de todos los años y es capaz de quitarse la vida para salvar a sus hijos con su propio sufrimiento, no se equivocó el historiador y escritor español Carlos Fisas, cuando dijo que “la fuerza hidráulica más poderosa del universo, es la lágrima de una mujer”. Así que la mujer es al mismo tiempo obra y ejemplo de todo lo bueno y de todo lo santo, por ella vale la pena vivir la vida por dura que esta sea, y todo sacrificio sería insignificante si por ella pudiera el hombre dignificarse a sí mismo.

No concibo que, en estos tiempos atroces, la mujer sea objeto de cualquier tipo de violencia, quizá porque desde mi niñez fui felizmente criado por un ángel que el cielo me regaló y que es mi madre, o tal vez porque en mi imaginación la mujer sea la transfiguración de todas las cosas compasivas, misericordiosas y sagradas del universo y porque siempre ha sido una mujer, quien me ha tendido la mano incondicionalmente.

Como puedo ser ingrato, si he sido de aquellos hombres afortunados, a quienes Dios ha concedido el soberano favor de ser honrado por la presencia de la mujer en todas circunstancias, así que todas mis escasas ideas y mis cortas palabras serán siempre para la mujer con la única gran virtud de Dios mismo me ha concedido, la gratitud.

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