Opinión

El “Tianquiztli” y su inevitable evolución en la Aldea Global

Por: Ildefonso Peña Díaz

Ante los movimientos vertiginosos de la Aldea Global y con una pandemia puesta en esas dimensión, el “Tianquiztli” aún vivo en tierras mexicanas como el “Tianguis” pasará por la inevitable evolución de los procesos del conocimiento y la tecnología en puerta.


Somos una generación privilegiada, a la que le ha tocado presenciar grandes transformaciones en la historia de la humanidad.

Fuimos testigos de la caída del bloque socialista y del muro de Berlín; asistimos el fin de la guerra de Vietnam; la fertilización in vitro, gracias a la cual han nacido más de 5 millones de personas en el mundo; presenciamos la aparición del VIH, que provocó el Síndrome de la Inmunodeficiencia Adquirida; la aparición del lenguaje común diseñado por el inglés Tim Barners-Lee que sentó las bases de la World Wide Web, a la par del surgimiento de Microsoft y Apple ; el advenimiento del Tratado de Belavehza que puso fin a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y da el surgimiento de la Federación de Rusia; vimos la llegada de Nelson Mandela al gobierno de Sudáfrica siendo el primer mandatario negro en ese país después de su colosal lucha conocida como el Apartheid; el nacimiento de Dolly, que fue una oveja nacida por el método de clonación; los atentados del 11 de septiembre, con los que cayeron las emblemáticas torres gemelas de la Unión Americana; como lo había sentenciado el Comandante Fidel Castro Rus, asistimos a la llegada de un Presidente negro al Gobierno de los Estados Unidos de América y la ascensión de un Papa de origen latinoamericano; nos estremecimos ante el terrible terremoto de 1985 y de 2017 en la Ciudad de México; la implantación del primer corazón artificial; conocimos el desastre de la planta nuclear de Chernovil; nos conmocionamos ante la puesta en funcionamiento de la estación espacial MIR por la extinta URSS; la llegada de Benazhir Bhutto, la primera mujer en ocupar la jefatura de Estado de un país musulmán (Pakistán); presenciamos la Guerra del Golfo y la puesta en órbita del Telescopio Hubble; la llegada del Tratado de Maastricht, que consagró el nacimiento de la Unión Europea, así como la aparición de la fotografía digital y el boom de la telefonía móvil; vimos la inauguración del eurotunel y la entrada en vigor del Protocolo de Kioto; la Guerra de Afganistán y el nacimiento de la Corte Penal Internacional. Y finalmente hemos padecido la temible pandemia causada por el SARS-Cov-2, hace unos cuantos meses, que ha provocado la muerte de cientos de miles de personas alrededor del mundo y con ella los sistemas económicos, políticos, sociales y culturales de todos los países de la tierra se han visto obligados a transformarse.

Hoy, veo como un parteaguas, el antes y el después, de la aparición de la COVID-19, sobre todo en lo referente a los aspectos microeconómicos del país, y justamente, dentro de estos últimos, hago englobar el curso de la historia en otra más cercana: el papel que actualmente tienen los “tianguis” en las economías locales de nuestra región.

Para ello, quiero partir de la idea indiscutible del origen pre-hispánico de los tianquiztlis en México, recordando que estos en su época de esplendor, eran espacios ordenados donde se concentraba un determinado número de mercaderes y personas para llevar a cabo un dinámico intercambio de mercancías, es decir funcionaban bajo la vigencia del trueque, e incluso contaban con jueces en los mismos mercados, para dirimir controversias suscitadas entre comerciantes. En la actualidad, estos mercados que curiosamente son una mezcla de tradiciones económicas de los pueblos originarios de Mesoamérica fusionados con los bazares de Oriente Medio, han ido evolucionando a través del tiempo y hoy son un categórico exponente de la tradicional cultura mexicana, como bien puede apreciarse en los extraordinarios murales de Rivera y de Tamayo.

En los tianguis fluye y se comercia con un sin número de mercancías, desde hierbas medicinales, ropa, medicamentos, electrodomésticos, consumibles de primera necesidad, muebles, hasta mascotas y alimentos preparados y resultan una singular y formidable fuente de empleo para numerosas familias mexicanas.

El “Tianguis” es un término netamente mexicano, que se emplea para designar a un mercado público ambulante que se instala en varias calles contiguas de una ciudad, o en ocasiones en predios establecidos para tal efecto.

Sin embargo, a raíz de la pandemia causada por el SARS-Cov2, estos mercados temporales o itinerantes se han visto sustancialmente degradados, en virtud, de que son uno de los lugares donde existe mayor probabilidad de propagación y contagio del virus. Lo que ha obligado a las autoridades municipales y estatales, a suspender definitiva o temporalmente el ejercicio del comercio en este rubro, de tal forma que a cinco meses de no laborar con normalidad, los tianguis, llegaron a la imperiosa necesidad de transformarse a nuevas e impensables modalidades, específicamente volcaron el ejercicio del comercio a través de las redes sociales y hoy existen numerosos grupos de Facebook, Instagram y WhatsApp, que ofertan servicios de trueque y comercio a distancia, con lo que nace una nueva peculiaridad de “tianguis electrónico”, y considero que hacia allá apunta el futuro de las numerosas plazas, que pululan por todo el territorio nacional.

Es aquí que la capacidad de adaptación al entorno, es una garantía de subsistencia, porque la propia ciencia ha comprobado, que imperiosamente las especies más fuertes y con mejor adaptación al medio son las que pueden sobrevivir por más tiempo y en mejores condiciones de vida. Y esta misma capacidad tendrá que quedar de relieve en los próximos meses o años venideros, porque indudablemente los mexicanos al igual que el resto del planeta, estaremos obligados a transitar a una vida más ordenada, limpia y sostenible en todos los aspectos que implica la vida cotidiana. De tal suerte que los tianguis tendrán que volver a ser, lo que fueron en un inicio, es decir a la manera en que Bernal Díaz del Casillo, los describe en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España “…Y desde que llegamos a la gran plaza que se llama Tatelulco, como no habíamos visto tal cosa, quedamos admirados de la multitud de gente y mercaderías que en ella había y del gran concierto y regimiento que en todo tenían…”. O como lo refiere Fray Toribio de Benavente “Motolinia”, “…el lugar adonde venden y compran se llama tiyantiztli, que en nuestra lengua diremos mercado, para lo cual tenían hermosas y grandes plazas, y en ellas señalaban a cada oficio su asiento y lugar, y cada mercaduría tenía su sitio…”.

Cuetzalan, Otumba, San Juan Chamula, Izmiquilpan, Zacualpan de Amilpas y por supuesto mi querido y cercano Santiago Tianguistenco, son las reminiscencias de algunos tianquiztlis prehispánicos, que hoy están a punto de transfigurarse radicalmente, la primera parte será la de apostarse en lugares más seguros, ordenados y asépticos para el ejercicio de esta actividad ancestral, posteriormente pasarán por un ordenamiento regulatorio más riguroso, que impedirá en mayor o menor medida la existencia de líderes inicuos y con ello un trato más ecuánime en el ejercicio de su actividad comercial y finalmente para no rezagarse, en el tren tecnológico de la aldea global, tendrán que evolucionar a nuevas formas de comercio digital a distancia, para continuar activos en este proceso natural de adaptación a los nuevos tiempos.

La historia de las plazas, tianguis o mercados ambulantes, se diversifica a lo largo del territorio nacional, pero un ejemplo claro de la evolución de estos, es la historia de la plaza del volador que se remonta al 11 de noviembre de 1533 y que posteriormente para finales del siglo XVIII, evolucionó a la construcción de un mercado que se convirtió en el principal centro de abastos de la Ciudad de México, y más adelante se erigió el mercado de la Merced en el Ex Convento de los mercedarios que concluyó en diciembre de 1880, y fue una muestra clara de ideas modernizantes de los gobernantes en turno para mantener el orden y la limpieza de los mercados en la ciudad capital y que actualmente ha sido desplazado por la Central de Abastos, el cual recibe todos los días una impresionante cantidad de comerciantes y compradores, que llegan de casi todos los puntos del territorio nacional.

Con esto quiero decir, que asistimos a las incipientes exequias de lo que en algún momento fueron los tradicionales tianguis populares, como el que quedó inmortalizado alguna vez en la maravillosa pintura de la Plaza Mayor que nos legó Cristóbal de Villalpando a finales del siglo XVII, y en la que destacan el Parián o Alcaicería, el baratillo chico, los jacalones de los puestos de indios y que en general es una visión y un fiel testimonio de una época, que hoy se ve en la necesidad de evolucionar para no perder su espíritu, pues legítimamente el tianquiztli, es un símbolo de trato, sociabilidad e intercambio de culturas distintas a través del comercio, donde fluyen en un continuo proceso, mercancías, servicios, productos, saberes, costumbres y tradiciones que al menos en mi región siguen despertando admiración y respeto porque sus orígenes se remontan a la conquista de axayacatl en la meseta matlazinca y se consolidaron cuando ahuizotl determinó las limitaciones de pueblos y señoríos y desde entonces se había mantenido prácticamente intacto a través del tiempo.

El tianguis del trueque continua vivo en mi natal Tianguistenco, México, sin embargo, espero que hoy y más adelante, con una nueva fisonomía claro está, siga palpitando en el corazón de Mesoamérica, con más fuerza y con más ablución, como su origen acuñado en el vocablo tianquiztli, que a su vez tiene su umbral terminológico en la palabra tianquizco, que se empleaba para referirse a la multitud deidáfica de las pléyades de la mitología azteca.

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