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El reacomodo algorítmico de nuestro consumo cultural | Navegantes Literarios

De: Carlos Lara G.*

Vivimos un momento de la historia en el que se acelera el tiempo, se reduce el espacio, se desvanece el soporte físico de la mayoría de los bienes y servicios culturales.

Disminuye la asistencia en el Festival Internacional Cervantino un 41%. La Feria Internacional del Libro de Monterrey, reporta menos visitantes. La primera nota exalta y desconcierta a los organizadores, a los lectores de la misma y a los medios que cubren la fuente. Hablan de dos tipos de datos, de cifras maquilladas etc. En la segunda, el director de operaciones lo atribuye a los problemas de vialidad en la zona; y en lugar de analizar con detenimiento la evidente migración de audiencias a otras ofertas artísticas y culturales en el marco del desenfrenado desarrollo tecnológico y algorítmico que estamos viviendo, tratan de elevar, y en el mejor de los casos mantener las cifras del año anterior para justificar ante las autoridades culturales un insostenible modelo anclado en el pasado, en la mensurabilidad de los eventos.

El país, el continente, el mundo entero vive y experimenta nuevas formas de entretenimiento como para aferrarse a justificar un modelo que debe ser renovado. Considérese en primer lugar, que son casi 50 ya de este festival. En segundo, que una parte del consumo cultural es cada vez menos presencial; que estamos ante un consumidor cultural que prefiere la cultura a domicilio. Sí, como una pizza. Que ha pasado de la adquisición de bienes y servicios culturales a la suscripción a los mismos, debido a que el desarrollo tecnológico y la excesiva oferta cultural y de entretenimiento que tenemos al alcance, hacen de la cultura en general un relajante, más que un estimulante, en términos de Bauman.

El desarrollo tecnológico ha masificado y personalizado los dispositivos electrónicos que sirven de máquinas culturales. La programación, la diversidad de contenidos en la oferta cultural del mercado del entretenimiento, ahora es algorítmica. La falta de tiempo real de los consumidores y la necesidad de estímulos gratificantes en cada bien, producto o servicio que consume, llevan a este nuevo consumidor cultural a buscar sitios instagrameables y experiencias novedosas que pueda compartir en la publicación del estatus de sus redes sociales.

Escandalizarse por el descenso de público al mayor festival internacional del país y en las ferias de libro, es no entender lo anterior. No saber observar el momento por el que pasa nuestro consumo cultural. Es estar instalados en el modelo de medición que muestra la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Culturales, cuya metodología ya en su momento no era la apropiada (si lo que querían era medir el consumo de la primera década del siglo XXI), ya que utilizaron una metodología del siglo XX, con preguntas basadas en el desplazamiento del consumidor, cuando ya no era necesario ir, acudir o presenciar la proyección de una película, un espectáculo escénico o bien, un concierto, para consumirlos. Existe desde entonces una gran cantidad de música y cine (pirata) que se consume a diario en nuestro país mediante el fenómeno de la cultura a domicilio que no está siendo medido, como tampoco está siendo medido el alcance e impacto de estos eventos en redes sociales.

Es necesario analizar estos cambios cualitativos en el mercado del entretenimiento para tomar medidas y encontrar cabida en las nuevas agendas culturales de los ciudadanos y no solo en las agendas de los integrantes de la autodenominada comunidad cultural.

Aquí la teledensidad y la tecnosocialidad nos pueden ayudar a entender lo anterior. Los operadores de red móvil con presencia en el país, reportan al tercer trimestre de 2018, 119.2 y 119.4 millones de suscripciones móviles, que incluyen líneas de operadores de red móvil y operadores móviles virtuales. Esto equivale a una penetración de 96.3 suscripciones celulares por cada 100 habitantes, cinco puntos más que el año pasado.

Considérese que dentro de este universo de millones de usuarios, se encuentra la denominada comunidad cultural y sus nuevas formas de consumo. Datos de la revista Expansión revelan que el número de mexicanos con acceso a Internet también va en aumento, lo mismo que el número de usuarios con acceso a internet y teléfonos inteligentes. Por tanto, la portabilidad no solo es numérica, sino también de gustos y aficiones entre los prosumidores y produsuarios que operan estos dispositivos.

Algo debe decirnos que del total de usuarios mexicanos con celular inteligente, 36.4 millones instalaron aplicaciones en sus teléfonos, 92.1% para mensajería instantánea, 79.8% herramientas para acceso a redes sociales y 69.7% contenidos de audio y video. Un estudio reciente de Competitive intelligence Unit, muestra que los smartphones son ya una de las principales ventanas para el mundo del entretenimiento en México. Al cierre de 2018, contabilizaron un total de 121.8 millones de líneas móviles, de los cuales 106.7 millones son dispositivos inteligentes o smartphones. Un crecimiento de 7.2% con relación a 2017, que lleva a un porcentaje considerable de produsuarios de wifieros (on line) a permanentemente conectados (on live).

La mesa de editores de Merca2.0, coincide en que los smartphones se han hecho cada vez más indispensables debido a las funciones que incorporan. Destacan la capacidad de escuchar música, tomar y almacenar fotografías y navegar en Internet. Esto modifica de forma constante, no solo nuestros códigos de conducta, sino también nuestros hábitos de consumo.

Vivimos un momento de la historia en el que se acelera el tiempo, se reduce el espacio, se desvanece el soporte físico de la mayoría de los bienes y servicios culturales. Experimentamos lo que García Canclini, ha llamado el corto circuito entre la escuela, la televisión, la lectura y el entretenimiento audiovisual. Un corte que revive la visión antagónica entre cultura letrada y tecnologías digitales, al grado de replantearla. En efecto, a mediados del siglo XX, poco antes de que el festival en cuestión comenzara, vivíamos el orden ilustrado que daba la cultura escrita en el desarrollo de la educación, de las industrias editoriales y audiovisuales. Dicho orden separaba (por eso era orden), la escritura de las imágenes, la educación del entretenimiento y la información de la comunicación.

Hoy todo esto se nos presenta de golpe, de forma desordenada a través del streaming. Esta tecnosocialidad, cuya digitalización fomenta desde la educación, las industrias del entretenimiento y la información misma, potencia el consumo de lo nuevo por encima de lo bueno. El consumo cultural de hoy, es un consumo que muestra, que ya no explica, por eso relaja, estimula cada vez menos. Lo que deben entender las autoridades culturales del país, es que cada medio de comunicación impone un estilo específico de receptividad. Decía Octavio Paz, que a cada explosión de la comunicación, correspondía una implosión del pensamiento. Pues en esta implosión deberían, por ejemplo, comenzar a medir el alcance e impacto de estos eventos en redes sociales, en lugar de aferrarse al consumo y promoción de un modelo anclado en el siglo XX.

*Analista de la Comunicación y la Cultura.

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