El México propio: vida e historia (III)

Una michoacana que da fe de los milagros

Dentro de Turitzio, Huetamo, Michoacán, pueblo que, en los años cuarenta, -época encabezada por el continuador Manuel Ávila Camacho-, estaba compuesta de apenas 100 habitantes de vidas austeras y creencias arraigadas, habitaba una familia hecha de una mujer de nombre Manuelita Romero, con tez lampiña y delgada figura debido a las carencias, y sus cinco hijos, quien sola, sin nunca haberse casado con hombre alguno y su descendencia conocido padre, luchaba día a día por superar tanto las adversidades naturales como del rechazo social ante su cuestionable condición.

Entre cada una y uno de los que vivían en ese austero techo, hacían de todo para salir adelante: agricultura, minería, hasta caminar kilómetros, muchas veces con pies descalzos, para traer agua, alimento u ofrecer servicios preferentemente en otras villas; porque en la suya, la denostación era la primera expresión y acto en las miradas de los pueblerinos, como en aquella novela de Nathaniel Hawthorne, en que una niña y su madre tenían marcada una letra escarlata que daba la señal de impureza y marginación, sin importar nada más.

Sin embargo, esta es una familia bendita, en que mi bisabuela formó con profundo amor a sus tesoros, haciéndoles ver, que, como hijas e hijos de Dios, a su imagen y semejanza debían obrar con bien y predicar con el perdón. Había fe en que nada los iba a desamparar sea cual fuese el camino.

En esos mismos años, la pobreza se intensificó junto a una ola de violencia provocada por un grupo de personas, que empezaban a reclutar a pueblerinos, sobre todo muchachos para la siembra de droga y prometían protección. Al principio muchos aceptaron porque se ganaba bien, pero, con el paso del tiempo, se convirtió más en una imposición que en una moneda mercantil, al grado, de dejar muchos caídos en el paso y el rapto de muchas muchachas que nunca se les volvería a ver. Sí, en Michoacán fue donde inició el narcotráfico como lo conocemos, ahora, expandido en toda nuestra república.

Los rumores y preocupaciones llegaron a esta familia, con la comprensión de que era tiempo de hacer un éxodo y dejar en manos de la providencia su destino.

Quien tomó la iniciativa, fue el primero de los hijos, Reynaldo o como le decíamos “Rey”, siendo el único varón que tenía la peculiar característica de contar con un ojo de color distinto al otro y un carisma que le sirvió para convencer y superar las dificultades. Mi tío abuelo, a sus 16 años se fue de delantero al Distrito Federal (hoy Ciudad de México) en búsqueda de oportunidades. Después de unos años, regresó con un empleo en una lavandería y un lugarcito donde pudieran vivir todos.

Así dejaron atrás su primer techo y llegaron a la metrópoli para construir un nuevo episodio en sus vidas con base a la cultura del esfuerzo. Cada una y uno de ellos logró abrir brecha en los espacios laborales que encontraron y, por tanto, también para su estirpe.

El tío Rey llegó a ser directivo de la empresa en que trabajó (mas emprendedor de mil cosas), y después se fue a vivir a una casa que construyó con sus propias manos en Villa de Cortés, Benito Juárez, ahí, pasó sus últimos días y dejó una enorme huella familiar. Todavía recuerdo la última gran reunión de los Romero con motivo de su cumpleaños en aquel restaurante (solo para nosotros) de color verde en el piso alto (ahora cerrado) entre la Calzada de Tlalpan y la avenida Río Churubusco, en que conocí a casi toda la familia dispersa en todo el país, con gratas conversaciones que me regresan a la memoria, cada vez que pasó por ahí.

La segunda hija, mi tía Aurelia, de piel bellamente morena y una sonrisa encantadora, se casó muy joven y nunca tuvo oportunidad de leer y escribir, sin embargo, sus hijos son maestros, uno de ellos, José Luis que hace poco falleció, era físico matemático investigador de la UNAM. Ahora mi tía vive en su quinta llena de árboles frutales en Acayucan, Veracruz. Espero verla pronto, en esa bella tierra.

La tercera hija, mi abuela Dora (sí, les gusta ese nombre en mi familia), persona que dicen que me parezco en su aspecto físico, era admirada por sus hermanos por su nobleza y fe que hacía posible los milagros en carne propia. Lamentable fue la primera en irse, 11 años después de mi abuelo (ambos a los 77 años), y con quien tuve más oportunidad de convivir en mi niñez y parte de la juventud.

Ella, de acuerdo a lo dicho en el capítulo anterior, llegó a ser ama de llaves del Hotel del Prado, donde conoció a mi abuelo David, capitán de meseros del mismo lugar, casándose y haciéndose de una familia compuesta de siete hijos en Benito Juárez, quienes dicen, que como mamá fue dura y que afortunadamente yo conocí junto a todos sus nietos como la abuelita amorosa.

Ya en mi siguiente capítulo hablaré de la vida y obra de mis abuelos junto a mis tíos y mi madre. Que no nos coman las ansias.

Regresando, la cuarta hija es Evelia, la más alta de estatura y de carácter firme, quien se hizo vida en Estados Unidos, luego en Chihuahua y ahora vive en Coyoacán, Ciudad de México, junto a la quinta hija, Graciela o tía Chela, de estatura baja (como yo) y una rutina admirable que creo yo, aprendió en sus años trabajando en distintos bancos y aunque no tuvo hijos, nosotros la vemos como nuestra segunda abuela.

Abreviando, de la familia Romero, he aprendido de la unidad y a romper muros sin perder nuestra esencia, es decir, no nos mareamos en la subida como muchos comprenderán y sabemos caminar sin piso (espero se entienda la alegoría). Básicamente la base fundamental está en que la vida es un proceso de mejora continua más que un lugar  inamovible, en que, siendo imperfecto, hay escalones, y lo más ridículo es marearse en su propio banquillo. Bueno, esto último lo decía más Fernando Pessoa en uno de sus muchos seudónimos que ya no recuerdo.

Particularmente de mi abuela, supe amar cada instante de las cosas más sencillas. Recuerdo momentos con ella, en su departamento que tuvo en Cuautitlán Izcalli, Estado de México, en que algunos fines de semana me iba a dormir con ella, donde amanecíamos desde temprano para arreglar la casa y hacernos el desayuno, después la acompañaba a la Casa del Adulto Mayor para sus clases de Yoga disfrutando de las pláticas con las señoras y regresarnos para comer, hacer manualidades y cantarle a la vida acompañadas de música cristiana, que era la religión que optó tomar después de pasar por el catolicismo y los testigos de Jehová.

Algunas ocasiones, entre sus cantos, se le acercaban aves o veía como las flores de sus macetas se abrían frente a mis narices, de hecho, decían mis tíos que ella tenía un don con los animales, los que comúnmente que se le acercaban con toda naturalidad y con más naturalidad, ella conversaba con ellos y la obedecían, tanto domésticos como silvestres.

Por otro lado, ella predicaba con la cláusula que a una persona necesitada, nunca se les debía negar techo y comida, convirtiéndola en una gran altruista de migrantes y necesitados, más en su juventud y adultez y que a mí me tocó acompañarla a dejar comida a las personas que veía en la calle.

Como familia Ayala Romero no faltaban los encuentros y los viajes sobretodo a la naturaleza, en que mi abuela nos hablaba de la creación, de amarnos los unos a los otros y nos servía doblemente (se decía así por que siempre te preguntaba si querías más y si decías que no aún así te servía) de su famoso aporreado; por cierto, no he conocido uno mejor al que ella hacía.

Mencionando otro dato, en aquellas conversaciones de esos denominados «días de campo», en que pasábamos a las discusiones políticas y los recuerdos del pasado una vez terminados los juegos de futbol y la comida, en una ocasión en 2005, recuerdo escuchar de su boca hablar de un hombre que vio en la tele que sí venía de abajo y decía «seguía las enseñanzas de Jesús», a lo que replicaban mis tíos los intelectuales que nunca lo dejarían llegar y ella les simplemente les respondía «tengan fe». Se imaginarán de que personaje hablamos. Sin decir su nombre, el fin es que se entienda lo que nosotros como pueblo de a pie valorábamos y que lamentablemente estos «discípulos oficiales» no predican en la actualidad.

Lo que nos dejó mi abuela de forma no hablada, sino practicada, es el don de sensibilizar la vida con lo más pequeño y cotidiano, de lo cual, considero, es lo que hace falta a muchas personas del mundo contemporáneo lleno de consumo, competencia y falta de amor al prójimo.

Para entenderme más, haré referencia de un libro que recomiendo, “Gog” de Giovanni Papini, que trata de un multimillonario que por medio de su dinero hizo todo lo que deseó: conocer grandes personajes como Freud, hacerse de un laberinto con gigantes, de las obras y textos más raros, construir estadios y universidades, inventar una ciudad, no faltó nada en su lista; sin embargo, nada lo llenaba. Hasta que un día en un viaje en su propio crucero, aconteció un desastre natural que lo dejó varado en algún lugar austero sin objetos propios, con ropa desgarrada e incomunicado, observando a lo lejos una pequeña villita donde sus habitantes no hablaban su idioma y básicamente lo tomaban como un vagabundo más. Sin más que hacer, se sentó en una fuente donde también estaba una niña pequeña de ropas discretas con un bolillo en la mano; de repente, a Gog le tronó el estómago, y la niña observando, partió a la mitad su bolillo y se lo dio en sus manos. Ahí, dice Gog, supo qué era la felicidad.

Muchas personas caen en las malas prácticas o desvían su camino por no entenderse, ni comprender que la felicidad está en lo más simple y común de este mundo. Aquella sensación de vacío que muchos llenan con dinero, drogas, desenfrenos, poder, títulos u objetos, simplemente no contienen lo irónicamente más invaluable de cada ser: el «estar» (palabra importante) tal y como somos, igualmente a otros y a la vez únicos, en que hasta la más pequeña flor cuenta con la misma importancia que uno por estar, sí, viva. No olviden, que, rumbo a nuestra muerte (la que conozco de cerca) no nos llevaremos más que nuestra conciencia y memorias.

Y la fe (o mejor dicho: voluntad) es saber que uno como un ser más, es un milagro y puede hacer milagros, como mi abuela lo demostró, pero que ya contaré en el próximo capítulo sobre la vida familiar de los Ayala Romero.

¿Qué esperaban? Es para engancharlos para la siguiente semana y mientras tanto disfruten de los mínimos detalles de su propio transitar.

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