La gobernanza local bien aplicada

Por Dora Isabel González Ayala

Durante muchos años en México se nos enseñó que el gobierno debía resolverlo todo solo, que cualquier acercamiento entre empresas, sociedad civil y autoridades era SOSPECHOSO, que la participación ciudadana debía quedarse en las urnas y que lo público únicamente pertenecía al Estado. Pero el mundo cambió. Y hoy, seguir pensando así no solamente es un error: también es un lujo que ya no nos podemos permitir.

La realidad es sencilla, y es que en las ciudades modernas funcionan cuando todos participan: gobierno, ciudadanía, universidades, colectivos, organizaciones sociales y empresas. ¡A eso se le llama gobernanza! Y aunque la palabra suene técnica, en realidad significa algo muy simple: sentar a todos en la misma mesa para resolver problemas públicos y ahora hasta globalizados.

Porque al final, el gobierno no puede solo. Duras palabras, pero no es por incapacidad necesariamente, sino porque los desafíos actuales son demasiado grandes: cambio climático, movilidad, inseguridad, desigualdad, vivienda, agua, salud mental, migración, contaminación y rezago urbano son problemas que ya rebasaron las viejas formas de administrar ciudades.

Durante décadas predominó el modelo conocido como “Nueva Gestión Pública”, en que la idea era que el gobierno funcionara más parecido a una empresa: eficiencia, reducción del gasto, resultados rápidos y modernización administrativa; eso ayudó a profesionalizar muchas áreas, sí, pero también tuvo límites. Poco a poco se entendió que administrar mejor no bastaba si la ciudadanía no participaba y si otros actores no se involucraban.

Ahí comenzó a hablarse de gobernanza, particularmente desde los años noventa y dos mil, en que organismos internacionales como Organización de las Naciones Unidas con su Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el Banco Mundial y distintas ciudades del mundo empezaron a impulsar modelos donde las decisiones públicas se construyen junto con la sociedad.

La propia ONU ha insistido durante años en que los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030 no pueden alcanzarse únicamente desde los gobiernos, por eso existe incluso un objetivo específico, el número 17, que habla de alianzas para lograr el desarrollo sostenible, porque entendieron algo fundamental: sin cooperación entre sectores, las ciudades simplemente no podrán enfrentar las crisis del siglo XXI.

Y aquí es donde en México todavía existe mucha confusión:

A veces pareciera que cuando una empresa participa en una campaña social, ambiental o cultural automáticamente se piensa que hay algo oscuro detrás, como si fuera incorrecto que una empresa done árboles, financie actividades deportivas, apoye refugios de animales, rehabilite espacios públicos o participe en campañas de reciclaje.

Pero hay que decirlo claro: eso no es regalarle el gobierno a las empresas, incluso, en muchos casos, al contrario, es obligarlas moral y socialmente a regresar parte de lo que ganan a las comunidades donde hacen negocio. Esa es justamente la lógica de las empresas socialmente responsables, que el éxito económico también tenga responsabilidad social.

Y sí, por supuesto que debe existir transparencia, reglas claras y rendición de cuentas. Nadie habla de privatizar lo público ni de sustituir al gobierno. El gobierno sigue siendo quien dirige, regula y toma decisiones; pero cerrar las puertas a cualquier colaboración por prejuicio ideológico termina afectando más a la ciudadanía que a las propias empresas.

Además, hay un tema del que poco se habla: la crisis multilateral.

Hoy muchos organismos internacionales enfrentan recortes históricos, porque en camino al caos, tipo Guerra Fría, diversos Estados han reducido aportaciones a programas internacionales, cooperación al desarrollo y financiamiento climático (¿a dónde va? Inversión empresarial y guerra). Por tanto, la ONU ya no tiene la capacidad económica de hace veinte años. Y … al mismo tiempo los gobiernos nacionales y locales también viven presiones presupuestales enormes.

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Esperamos sentados a que aparezca dinero mágico? La respuesta que muchas ciudades del mundo encontraron fue construir alianzas locales.

Por eso vemos casos como Barcelona, donde empresas tecnológicas participan junto con el gobierno y universidades en proyectos de ciudad inteligente. O Medellín, que logró transformar zonas antes marcadas por violencia mediante cooperación entre sector privado, ciudadanía y gobierno local. También París, que impulsa políticas climáticas con participación empresarial y comunitaria; o Seúl, donde existen modelos avanzados de participación digital ciudadana.

En temas culturales pasa igual: hay ciudades donde festivales, ferias de libro, recuperación de espacios históricos o programas juveniles existen gracias a alianzas entre gobiernos y patrocinadores privados. En deporte sucede constantemente: torneos barriales, rehabilitación de deportivos y eventos internacionales frecuentemente funcionan con inversión mixta. En medio ambiente ni se diga: campañas de reciclaje, movilidad sustentable o recuperación de áreas verdes suelen sostenerse gracias a alianzas multisectoriales.

Y honestamente, en colonias y barrios de la Ciudad de México eso ya ocurre todos los días, aunque a veces no le pongamos nombre ni se institucionalice (aunque debería), cuando vecinos organizan actividades con negocios locales, cuando una universidad presta espacios para programas comunitarios, cuando una empresa dona materiales para mejorar un parque o cuando asociaciones civiles ayudan a atender causas sociales, eso también es gobernanza.

¡La diferencia es hacerlo bien!

Porque la gobernanza bien aplicada no significa simulación, ni usar a la sociedad civil para la foto, ni crear eventos vacíos para presumir en redes, significa generar comunidad, corresponsabilidad y resultados reales para la gente.

En una época de polarización política, quizá hace falta entender algo básico: colaborar no es rendirse; escuchar otros sectores no debilita al gobierno; y aceptar que las soluciones requieren alianzas no significa perder autoridad. Al contrario, los gobiernos más inteligentes del mundo son justamente los que entendieron que gobernar ya no es solamente administrar oficinas públicas, sino coordinar capacidades sociales.

Porque mientras algunos siguen peleándose por quién tiene la culpa, las ciudades que avanzan son las que aprendieron a trabajar juntas.

Y en tiempos de crisis climática, tensiones globales, recortes internacionales y desigualdad creciente, México necesita más puentes y menos prejuicios.

La gobernanza local bien aplicada no es una amenaza para lo público.

Es probablemente una de las pocas maneras de salvarlo.

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