Por Dora Isa González
¡Sábado de amor y amistad! ¿Así fue? Este 14 de febrero en mera quincena nuestra ciudad chilanga se llenó de flores improvisadas en los semáforos, mesas ocupadas en los cafés de siempre y gente que, entre el tráfico y la prisa, hizo un espacio para verse en banquetas, restaurantes, cines, teatros, hasta para un bailongo en plena calle. San Valentín, más que una fecha comercial, sigue siendo un recordatorio de algo muy simple, necesitamos encontrarnos y recordarnos con el valor más importante que bien lo dijo Bad Bunny en el Súper Bowl: el amor es más que el odio. Con la pareja, con los amigos, con la familia, con ese vecino al que saludamos desde hace años aunque nunca sepamos su nombre, el amor tiene muchas facetas y que mejor que este se vuelva comunitario.
Pero hay una pregunta que casi nunca nos hacemos: ¿qué tanto ayuda —o estorba— la ciudad para que esos encuentros ocurran?
Porque el amor, la amistad y la vida de barrio no sólo dependen de las personas, también dependen de la banqueta que caminamos, de la calle que cruzamos, del parque donde decidimos quedarnos un rato más o del miedo que nos hace apurar el paso ante un asalto o lo estrecho del paso. Una ciudad mal caminada es una ciudad que va perdiendo, sin darse cuenta, sus espacios de convivencia.
En colonias de Benito Juárez y en muchas zonas de Álvaro Obregón, que durante décadas fueron ejemplo de vida urbana ordenada, todavía existe esa memoria de barrio donde la gente sale a caminar sin plan, donde los encuentros eran casuales y donde la calle era una extensión de la casa. Son y eran colonias diseñadas para vivirse a escala humana: trayectos cortos, comercio cercano, parques accesibles, árboles que daban sombra y tiempo para la conversación.
Hoy seguimos teniendo buena calidad de vida en términos estadísticos, no por nada nos califican en la localidad con el Índice de Desarrollo Humano del país desde 2010 hasta hoy 2026, pero algo se ha ido rompiendo en lo cotidiano: banquetas invadidas o deterioradas, cruces pensados más para el coche que para la persona, iluminación desigual que parece salido de una película de Quentin Tarantino, ruido constante, prisas que expulsan cualquier intento de quedarse. La ciudad funciona, sí, pero cada vez invita menos a habitarla con calma.
Y cuando una ciudad deja de invitar a quedarse, también empieza a debilitar los vínculos que la sostienen.
Este no es un fenómeno exclusivo de la Ciudad de México, muchas ciudades del mundo se dieron cuenta, hace años, de que el principal problema urbano del siglo XXI no era solamente la movilidad o la infraestructura, sino la soledad urbana por falta de definición de espacios públicos interactivos y seguros, es decir, ciudades eficientes pero frías, rápidas pero desconectadas.
En Medellín, por ejemplo, los proyectos de espacio público no sólo buscaron mejorar la movilidad en las laderas, sino generar lugares de encuentro como parques-biblioteca, escaleras urbanas, plazas pequeñas pero bien cuidadas. La lógica fue clara: si el espacio se vuelve digno, entonces la comunidad regresa y hasta permite bajar el vandalismo.
En Bogotá, algunas intervenciones apostaron por algo tan sencillo como ampliar banquetas, recuperar cruces seguros y crear corredores peatonales donde antes sólo había tráfico. No eran obras espectaculares, pero sí transformaron la forma en que la gente se relacionaba con su entorno.
Barcelona lleva años aplicando el modelo de “supermanzanas”, reduciendo la circulación vehicular dentro de ciertos perímetros para devolver la calle a las personas. Lo que apareció después no fue sólo menos ruido, sino más vecinos conversando, más niños jugando, más vida cotidiana con identidad barrial.
Incluso ciudades como París han entendido que una política urbana también puede ser una política contra el aislamiento: menos espacio para el automóvil, más espacio para caminar, sentarse, andar en bici, encontrarse casual.
La lección es sencilla y poderosa al mismo tiempo: cuando una ciudad facilita la cercanía, las relaciones humanas florecen solas y con ello el entendimiento.
La Ciudad de México tiene todo para hacerlo, pero necesita volver a mirar lo pequeño. Durante años hemos discutido los grandes proyectos, las grandes obras, los grandes anuncios y mientras tanto, la experiencia diaria de caminar dos cuadras se ha vuelto un desafío innecesario siendo que la gente de a pie hablamos de lo bien o mal de un gobierno por lo que vemos todos los días caminando.
Tal vez es momento de pensar la política urbana desde otro lugar: no desde la monumentalidad, sino desde la proximidad.
¿Qué pasaría si cada colonia tuviera diagnósticos peatonales hechos caminando con vecinos, universidades y especialistas y destinados para los más grandes de la familia, los más chicos y los de cuatro patas? ¿Si las prioridades no fueran sólo las vialidades principales, sino esas calles donde transcurre la vida real? ¿Si en lugar de esperar transformaciones gigantes se impulsaran mejoras constantes, visibles y humanas: banquetas continuas, iluminación bien pensada, cruces seguros, pequeños espacios para permanecer?
No se trata de inventar una nueva ciudad, sino de recuperar la lógica con la que muchas de nuestras colonias fueron originalmente planeadas: una ciudad que permitiera encontrarnos sin tener que pensarlo demasiado.
San Valentín dura un día, pero la posibilidad de vernos todos los días depende de cómo diseñamos nuestra amada ciudad. Quizá la política local del futuro no tenga que ver sólo con administrar servicios, sino con algo más profundo: reconstruir las condiciones para que la vida en común vuelva a ser parte natural de la experiencia urbana.
Al final, una buena ciudad no es la que tiene más infraestructura, sino la que todavía nos permite detenernos a platicar en la esquina y sentirnos parte de ella, no estresada por ella.
Saludos mi banda.




