Por Dora Isa González
¿A poco no? En la Ciudad de México aprendimos a cuidarnos en la calle, a no sacar el celular en el micro, a caminar con colmillo y a leer el ambiente porque aquí, en “la selva de asfalto”, la vida te entrena a la fuerza, pero mientras seguimos cuidándonos de la banqueta, el asalto ya se metió por otra puerta: la pantalla digital. Hoy en la CDMX te pueden robar sin tocarte, extorsionar sin verte y vaciarte o vacilarte la cuenta sin que suene una patrulla, solo basta un mensaje bien escrito, un enlace con logo bancario o una llamada que te agarra con prisa, miedo o cansancio.
Podemos poner toda la lista de vaciladas actuales: paquete de DHL o Amazon por llegar, integrarte a un grupo si les das el PIN, el familiar que requiere morralla, comprar un seguro o una tarjeta para vuelos, la identidad de un embajador falsificada pidiendo apoyo, el depósito a cuenta para que no te cierren tus cuentas, ¿qué más? La imaginación es grande para estas cosas.
Lo más duro no es solo el delito digital, es el sentimiento chilango de abandono porque cuando te asaltan en la calle sabes dónde pasó, pero cuando te asaltan en el celular te quedas solo o sola, con coraje y vergüenza, ¡te vieron la cara de payaso! y con una frase que se repite en oficinas públicas y bancos: “eso ya es cibernético”, como si fuera otro planeta y no la misma ciudad que presume ser de derechos, garantías y seguridad.
Pensemos en un caso común:
Karla, 23 años, estudia y trabaja por horas, hace todo desde el celular; le llega un mensaje que parece del banco, entra, pone datos y en minutos pierde acceso a su cuenta. En una hora ya le vaciaron dinero y están escribiendo a sus contactos pidiendo “ayuda urgente”, después, va al banco, va al Ministerio Público, intenta denunciar, y se topa con trámites lentos para un delito inmediato. ¿Les ha sucedido? Pues habremos de coincidir que el golpe no es solo económico, es emocional al sentirse vulnerable y sola frente a un sistema que no entiende cómo vivimos hoy. Y qué decir si fue víctima de imágenes sexualizadas de algo que ya ni siquiera se trata de haber sido de una u otra forma fotografiada, sino simplemente creada por medio de la IA.
El Estado ha hecho cosas para aproximar los derechos digitales y generar ciberseguridad, pero, va más lento que los delincuentes. Por ejemplo, en la CDMX se impulsó el acceso a internet y el WiFi público como parte del derecho a la conectividad, lo cual es importante, porque sin internet hoy no hay escuela, trabajo ni trámites. Por ahí se intentado aprobar una iniciativa de Ley de Ciberseguridad local que busca que el gobierno tenga responsables claros, medidas de seguridad y protocolos cuando hay fraudes o filtraciones, pero en la práctica la ciudadanía sigue sin saber a dónde acudir ni cómo defenderse, por tanto, las extorsiones vía móvil o digital van en aumento y ni que hablar de el acoso.
Ya nadie está exento de inventarles algo sexual o político y ¿cuántos culpables han sido procesados por las autoridades? Solo y solo quizá … cuando se toca a las grandes esferas.
Las desigualdades son claras: no es lo mismo un joven con educación digital y respaldo, que quien aprendió a usar el celular “a la mala”; no es lo mismo el corporativo con sistemas de seguridad que el microcomercio del barrio que vende por WhatsApp. El delito digital ya opera por volumen, con guiones, ingeniería social y redes organizadas, mientras el Estado sigue pensando la seguridad con lógica del siglo pasado.
En este contexto vale reconocer un símbolo potente: el lanzamiento del microsatélite MXÁO-1 desde Álvaro Obregón, mismo que habla de visión tecnológica y capacidad institucionalmente, sin embargo, también obliga a una pregunta incómoda: ¿de qué sirve mirar al espacio si en el barrio la gente sigue indefensa frente al fraude digital? El derecho universal al internet no puede quedarse en la postal de modernidad; tiene que venir con protección real en tierra y para eso, se necesita de legislación local y operatividad policial y judicial que responda más rápido que los órganos delictivos que acechan a los más vulnerables.
Otras ciudades ya lo entendieron: Buenos Aires cuenta con equipos públicos de respuesta a incidentes digitales para orientar a la ciudadanía; Medellín apostó por alfabetización digital masiva, incluyendo ciberseguridad, como política social; Barcelona integra la seguridad y la protección de datos desde el diseño de sus servicios digitales. No es copiar modelos, es entender el principio: conectividad con respaldo público.
La CDMX necesita dar el siguiente paso: una política y una legislación chilanga de protección digital pensada para el barrio, mismo que cuente con un equipo de respuesta rápida para víctimas de fraude digital, reglas claras de protección de datos en plataformas públicas, alfabetización en ciberseguridad en PILARES, escuelas, espacios comunitarios y alcaldías, con acompañamiento para los microcomercios y juventudes que hoy sostienen su vida en el celular.
¡Vaya! La ciudad que presume innovación no puede normalizar que sus ciudadanos enfrenten solos el delito digital. El chilango no necesita que le digan “no caigas”, necesita un Estado que le diga “si caes, aquí estoy, y además te enseñé a prevenir”. Porque el futuro no se mide solo en satélites y trámites digitales, se mide en si la gente puede conectarse con dignidad, con seguridad y con respaldo público. Ese es el verdadero siguiente lanzamiento que la Ciudad de México tiene pendiente.




