Cae el grande… pero el miedo puede seguir chiquito en la esquina chilanga

Por Dora Isa González

Este domingo bien tranqui los encabezados explotaron con la noticia de la captura de uno de los criminales más buscados del país, el llamado “Mencho”, claramente, un golpe de alto perfil, de esos que cruzan fronteras mediáticas y se sienten como mensaje contundente del Estado. Y sí, cuando cae un pez gordo, se mueve el tablero, pero, y ahí va el pero, en el barrio, mientras suenan las notificaciones, la pregunta no es geopolítica, es más simple: ¿y eso en qué cambia mi cuadra?

Porque al mismo tiempo que vemos capturas espectaculares, en la Ciudad de México se anuncian detenciones de células dedicadas a la extorsión, con operativos en distintas alcaldías, mensajes claros, fotografías oficiales. Y eso también es importante, sin embargo, el comerciante de a pie —el de la fonda, el del taller, la estética, el minisúper— no mide la seguridad en conferencias; la mide en llamadas que dejan de llegar, en papelitos que ya no aparecen bajo la cortina, en poder cerrar sin miedo, en dejar de ver que los muchachos de su cuadra ya son reclutados.

En Benito Juárez, donde se sostiene la percepción de seguridad, orden y buena infraestructura, la extorsión no siempre se ve, pero se comenta de otras latitudes, de ciertos personajes que luego rondan o intentan y el temor constante que algún día llegue. En general en la vida chilanga se murmura en voz baja: “le pasó al de la esquina”, “mejor no denuncies”, “no hagas ruido”. En Álvaro Obregón, sobre todo en zonas populares o de transición, el rumor corre más rápido que la patrulla; vaya, no es histeria, es experiencia acumulada. La extorsión es un delito silencioso que muchas veces no se denuncia porque el que denuncia se siente solo.

Y ahí está el punto que tenemos que pensar sin grilla y sin polarización: capturar a un gran líder criminal es relevante, desarticular bandas locales también lo es, pero la percepción de seguridad no cambia con un golpe mediático; cambia con constancia. Para aclarar lo obvio, el crimen organizado no funciona como película donde cae el villano y se acaba la historia, más bien, funciona como mercado: si la renta ilegal deja dinero y no hay consecuencias rápidas y sostenidas, alguien ocupa el lugar.

Otras ciudades lo han aprendido a golpes: en Medellín el combate a la extorsión no se resolvió solo con capturas, sino con presencia institucional permanente en territorios específicos, inversión social focalizada y coordinación real entre autoridades y comunidad; en Bogotá se fortalecieron canales de denuncia anónima con seguimiento visible para que el ciudadano supiera que su reporte no se iba al cajón; en Nueva York se entendió que los delitos que afectan la vida cotidiana —los que parecen “menores”— erosionan la confianza pública y, si no se atienden rápido, escalan.

La lección no es copiar modelos ni militarizar la vida urbana, la lección (que también es obvia pero toca solo recordarla) es persistencia, inteligencia territorial y cercanía comunitaria. En una ciudad tan compleja como la nuestra, donde Benito Juárez y Álvaro Obregón concentran actividad económica formal pero también miles de pequeños negocios familiares, establecimientos de alimentos y bebidas, y profesionistas freelance, la estrategia tiene que proteger al que sostiene la economía local. Si el pequeño comercio siente que denunciar es ponerse un blanco en la espalda, el sistema ya falló.

Por eso la conversación que necesitamos no es si hubo detenciones, sino cómo convertir esos golpes en política pública sostenida. Primero, un canal único y simple de denuncia antiextorsión con respuesta verificable en menos de 24 horas, no solo un folio automático, sino seguimiento real, para ello, porque existe, requiere informarse de esas vías a la gente de a pie. Segundo, mapeo transparente de patrones delictivos para focalizar vigilancia sin estigmatizar colonias, porque la información pública también empodera a la comunidad, claro, a sabiendas que habrá datos que no serán públicos para no informar a los “otros”. Tercero, protección jurídica y acompañamiento inmediato al pequeño comerciante que decide denunciar, para que no sienta que dio un salto al vacío.

Finalmente, caminando calle por calle, hoy ya se escucha en los vecinos de a pie de las periferias de Alvaro Obregón que ahora ya ven muchachos que empiezan a integrarse a grupos delictivos en que día a día han recurrido al uso de la violencia y esto es un foco rojo y urgente de lidiar si no queremos que mañana llevemos a extremos como los ya observados en otros estados.

No se trata de descalificar avances ni de negar esfuerzos, se trata de entender que el barrio no vive de símbolos, vive de certezas, que, cuando cae un capo, claro que es noticia, pero cuando deja de llegar la llamada de amenaza, eso sí cambia la vida.

En Benito Juárez y en Álvaro Obregón hay algo que todavía funciona: comunidad. Chats vecinales, comerciantes que se avisan, vecinos que se organizan. Si la autoridad logra convertir las capturas en una estrategia de presencia constante y acompañamiento real, la percepción puede cambiar. Si se queda en episodios aislados, el miedo regresa, aunque los titulares digan lo contrario.

La seguridad no es solo capturar al grande; es que el pequeño pueda trabajar sin pagar cuota para existir, y mientras eso no esté garantizado en cada esquina, la tarea no está terminada.

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