¿El metro esta listo para el Mundial o por lo menos de nuestra dignidad chilanga?

Por Dora Isa González

El metro de la Ciudad de México no es solo un simple medio de transporte, son las venas de la CDMX, y tristemente, son la prueba diaria de resistencia civil no declarada. Ahí, en nuestra ciudad ciudad se mide el pulso de cada mañana, entre empujones, retrasos y la esperanza ingenua de que hoy sí funcione. En sus vagones viaja la metrópoli y las periferias que no salen en spots, la que no corta listones de obras magnánimas, es la que llega sudada a sostenerlo todo. Por eso debe dimensionarse que, cuando el metro falla no es un accidente aislado, es una costumbre institucionalizada que aprendimos a llamar NORMAL.

No es normal hacer dos horas para recorrer quince kilómetros, pero aquí se aplaude al que lo logra. No es normal subir con miedo ni bajar resignado, pero se volvió parte del trayecto. No es normal que un convoy se quede detenido y que nadie explique nada, pero ya sabemos que la información llega tarde o no llega. En esta ciudad se nos entrenó para aguantar, pedir disculpas por llegar tarde y agradecer que al menos hoy sí arrancó.

El metro mueve a más de cuatro millones de personas todos los días, más población que muchas capitales del mundo, sí, pero opera como si moviera a NADIE. Tiene líneas con más de cincuenta años, trenes exprimidos hasta el límite, sistemas que no crecieron mientras la ciudad explotaba demográficamente. Es decir, durante años se administró la emergencia como si fuese política pública, romantizándola con nombre de “resiliencia”, así que se reaccionó al desastre en lugar de evitarlo y luego se pide paciencia, como si la paciencia también fuera renovable.

Aquí no se culpa al usuario porque el usuario ya paga suficiente. Aguanta porque no hay opción, porque llegar tarde a costa del salario, el empleo o la oportunidad, porque la ciudad exige productividad pero ofrece precariedad. El problema no es la fortaleza del chilango, el problema es que el Estado se acostumbró a gobernar sobre esa fortaleza como si fuera infinita y gratuita.

Mientras tanto, en otras ciudades decidieron que el transporte público no era un acto de fe. En Madrid el metro se cuida sin escándalo, con inversión constante y planeación técnica, sin discursos épicos pero con trenes que funcionan. En París conviven líneas antiguas con automatización y seguridad moderna. En Seúl el usuario sabe qué pasa, cuándo pasa y qué alternativa tiene, porque la información también es infraestructura. En América Latina, Santiago de Chile entendió que el metro no es caridad, es política de Estado, por eso invierte, renueva y mantiene, no porque no tenga problemas, sino porque decidió no acostumbrarse a ellos.

Aquí preferimos acostumbrarnos ¿o no?. El metro se volvió rehén del ciclo político, cada administración promete arreglarlo y hereda el deterioro con una narrativa nueva; se prioriza lo visible sobre lo estructural, la foto sobre el sistema, el anuncio sobre el mantenimiento, y cuando algo sale mal, nadie pierde el puesto de inmediato, pero millones pierden tiempo, salario, calma y a veces la seguridad.

Y entonces … ¡llega el Mundial de 2026! y de pronto la ciudad quiere verse funcional, quiere verse moderna, segura y eficiente, aunque solo sea por un mes como si los turistas no fueran a usar el metro, como si el estadio estuviera desconectado de la ciudad real. Por consiguiente, la pregunta incómoda aparece sola: ¿vamos a arreglar el metro para que funcione o solo para que no falle frente a cámaras internacionales? Quizá ni para ellas, pensando que les tocará alguna parada inesperada, el humo repentino o una respuesta larga de las autoridades.

Porque pintar estaciones, cambiar luminarias y poner murales no es modernizar un sistema, eso es maquillaje urbano. Modernizar implica trenes nuevos, señalización confiable, sistemas eléctricos renovados, mantenimiento preventivo y protocolos claros; implica gastar donde no se ve, justo donde no da votos rápidos pero sí resultados duraderos. Vaya, antes de ocuparse en otros sitios, hay que saber administrar las venas de nuestra Ciudad ¿qué puede hacer más político?

Me queda claro que la jefa de Gobierno tiene un interés que el metro sea de vanguardia, pero con un director que se la pasa en mítines políticos y sociales se vuelve complicado que nuestro sistema de transporte funcione a la altura de nosotros.

Otras ciudades usaron eventos globales para transformarse en serio: Londres aprovechó los Juegos Olímpicos para reordenar su movilidad; Barcelona hizo del transporte público el eje de su modernización urbana. Aquí seguimos discutiendo si el metro es “bueno para lo que cuesta”, como si pagar cinco pesos justificara viajar con miedo. Quizá se cree que el bajo costo se volvió excusa para la precariedad y eso también es una decisión política.

Concluyendo, el problema del metro no es solo técnico, es profundamente político. Mientras siga siendo visto como transporte de mujeres y hombres resilientes, seguirá recibiendo mantenimiento austero al grado de ser todo lo contrario a la altura de sus habitantes. Y también, mientras quienes deciden no lo usen todos los días, porque prefieren no salir de sus coches particulares con chofer, seguirán creyendo que el problema es exageración. Decir esto no es atacar a la ciudad, es hablar desde el vagón, desde el barrio y desde la experiencia de quienes no tienen plan B.

Viajar no debería doler, pero aquí duele todos los días, por eso la discusión no puede quedarse en el diagnóstico ni en el Mundial; se necesita una política pública sin romanticismos: un plan multianual de renovación integral del metro, con presupuesto etiquetado, mantenimiento preventivo obligatorio, supervisión técnica independiente y transparencia real. Debemos defender el subsidio como derecho social, sí, pero acompañado de calidad, seguridad y rendición de cuentas: menos parches sexenales y más decisiones de Estado.

El Mundial pasará, las fotos quedarán y los turistas se irán, mientras que los chilangos seguiremos viajando mañana, pasado y el siguiente año. Y la pregunta no es si el metro aguanta hasta 2026, sino si quienes gobiernan esta ciudad están dispuestos a dejar de administrar la costumbre de que moverse duela.

¡Abrazos sobrevivientes!

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