Por Dora Isa González
El canto de las sirenas no viene de un solo mar ni de una sola voz. En política, como en la vida, las sirenas cantan desde el poder cuando este se embriaga de sí mismo, cuando confunde legitimidad con permanencia, cuando cree que el fin justifica cualquier medio y … Venezuela lleva años atrapada en ese canto desde hace un rato.
Hablando sin ambigüedades: el pueblo venezolano ha sufrido durante años una dictadura que prometió dignidad y terminó entregando miedo, hambre, exilio y silencio; ese canto de las sirenas también salió del poder interno para concentrarse, y hacerse absoluto, y quien lo desafiará tendría el destierro por resultado. Terminó en esta última etapa con un liderazgo que usó la soberanía como escudo para blindar el autoritarismo, que sustituyó la voluntad popular por la imposición y convirtió la resistencia en persecución. Ese canto fue seductor al inicio; hoy llegó a lo asfixiante.
Pero cuando una dictadura o cualquier forma del uso de esa silla del poder, erosiona tanto a un país, deja la puerta abierta a otras sirenas igual de peligrosas: las externas, aquellas que tampoco cantan libertad, sino control. Las que hablan de orden, intervención y salvación mientras calculan intereses estratégicos. Y ahí la política deja de ser ética para volverse pura fuerza hasta llegar al estado de naturaleza de Hobbes, previo a la razón del Estado-nación, que existe por el caos que nos trajo ignorar las líneas invisibles entre gobiernos, territorios y pueblos.
Pretender corregir un autoritarismo con imposición externa es otra forma de demencia, es cambiar de jaula, no romperla, es usar el lenguaje de la democracia para justificar la violación de la soberanía. En ese juego de poder, quienes pagan el precio son siempre los mismos: los pueblos cansados, los barrios olvidados, las familias rotas dispuestas a todo o sin fuerza para luchar. Aún así solo el espíritu de lucha es el que encamina al respeto hacia afuera.
El barrio —ese espacio donde la política se vive sin discursos grandilocuentes— entiende algo esencial: ni la tiranía interna ni la tutela externa son salidas. El barrio sabe que las sirenas prometen soluciones rápidas, pero dejan naufragios duraderos.
Y esta reflexión no es ajena a México.
Porque México también escucha, hoy, sus propias sirenas. El canto del poder sin contrapesos, porque el significado del canto de las sirenas es que “puedes hacerlo” pero no debes, no por moralidad, sino por cargar encima las consecuencias de la necedad y del pueblo completo. Esa tentación del intocable que todo lo decide, que todo lo corrige, que todo lo juzga. El abuso de la legitimidad popular para justificar la concentración del poder, el debilitamiento de instituciones, la presión o desaparición de los contrapesos en los poderes para volverse de notificaciones y la erosión del equilibrio republicano no son anécdotas: son señales que son tan obvias para el de a pie y tan abstractas para los que en su banco se marean.
Por cierto, ese canto contradice el proyecto original del Estado mexicano surgido de la Revolución, que es de igualdad, libertad, fraternidad, bienestar, justicia y seguridad solidaria. Un Estado de bienestar construido para proteger, no para someter; para equilibrar, no para dominar; para garantizar derechos, no para personalizarlos; hoy medio olvidado o más bien, dicho entre dientes, por el poder de grupos que se cree moralmente infalible, que dejan de servir al pueblo y empiezan a servirse de él.
La historia enseña que ningún país es inmune al embrujo de las sirenas. La diferencia está en si se les escucha o se les amarra al mástil, como advertencia y contención, para pensar mejor quedar en la historia como estadista que como tirano.
Por eso, desde México y para América Latina, la defensa de la soberanía no puede ser selectiva ni oportunista, porque la soberanía no pertenece a los gobiernos, pertenece a los pueblos. No es coartada para la dictadura ni permiso para la intervención, es la base de la dignidad colectiva.
Y aquí va también un mensaje claro, sereno y fraterno a Estados Unidos: la hermandad entre nuestras naciones se ha construido, históricamente, desde principios fundadores en aquel momento que ambos estuvimos vulnerados en nuestra soberanía por el intento intervencionista externo, ahí frente a frente Juárez y Lincoln comprendieron las palabras —libertad, autodeterminación, respeto mutuo— no desde la imposición; y la geopolítica, cuando se ejerce desde esos valores, fortalece regiones; cuando se aleja de ellos, las desestabiliza. América no necesita tutores o salvadores en relativo, necesita unir al águila y el cóndor que recuerden el espíritu con el que nacieron sus propias repúblicas.
Hoy, más que cantos seductores, necesitamos prudencia histórica, más que fuerza, legitimidad. Más que salvadores, pueblos libres.
Y que quede claro, desde el barrio hasta los centros del poder, sin estridencias pero con firmeza:
¡Con la soberanía no!
Ni para justificar dictaduras,
ni para concentrar el poder,
ni para repetir los errores que la historia ya nos cobró demasiado caro.
