BTS prendió: CDMX llena de estadios, pero vacía en la política del entretenimiento

Por Dora Isa González.

Hay días en que la ciudad se mira al espejo con luces a la media noche llena de vida y se encuentra con una fila virtual de dos millones de personas, con el dedo temblando sobre “comprar” y la sensación de que el sistema —otra vez— no estaba hecho para su gente sino para aguantarla como auto sardina. El concierto de BTS en México no es solo un evento k-pop coreano que para muchos adultos se les puede hacer raro al ver a sus hijos , es una radiografía social, económica y política, porque si tres fechas en mayo de 2026 en el Estadio GNP Seguros desatan quejas, protestas y vigilancia de Profeco, no es porque nuestra juventud sea “escandalosa”, es porque está cansada de que la emoción se administre como si fuera privilegio en vez de un derecho cultural.

Y aquí viene lo bueno: el fenómeno fue tan grande que terminó en el terreno de la diplomacia, la Presidencia pidió a Corea del Sur más conciertos o alternativas, porque la demanda rebasó por mucho la oferta, con cifras que se cuentan en cientos de miles de boletos contra cerca de un millón de interesados, vaya, esto no es histeria colectiva, más bien, es mercado, comunidad y ciudad queriendo pertenecer.

Ahora, hablemos de otra cosa que esta en la lengua de todos: la Ciudad de México ya es potencia de conciertos, pero seguimos tratándola como si fueran una casualidad, como si los estadios se llenaran por generación espontánea y no por una industria que mueve turismo, transporte, hoteles, comida, comercio y empleo, reflejado en aquellos números que se presumen cuando conviene: conciertos masivos han dejado derramas económicas de decenas de millones de dólares en un solo fin de semana, con gente viajando desde fuera, con ocupación plena hotelera y consumo alrededor de los recintos, y aun así el tema se sigue viendo como espectáculo aislado “neoliberal” y no como política económica y cultural.

Y si ponemos lupa en nuestra querida Benito Juárez, se entiende por qué a veces se siente como la capital del entretenimiento sin necesidad de decirlo con slogan: el WTC Ciudad de México funciona como un imán de expos, congresos y actividad constante, y ahí mismo está el Pepsi Center WTC, en plena colonia Nápoles, como uno de esos recintos que ya son parte del pulso urbano y no del evento ocasional, es decir, la alcaldía concentra foros, hoteles, transporte, restaurantes y flujos que convierten cada concierto en un pequeño movimiento económico de barrio.

Pero aquí está el tiro: tenemos sedes y tenemos público, lo que no tenemos todavía es una política pública fina, moderna y decente para este nicho, porque el entretenimiento en la CDMX se gestiona a ratos como si fuera pura taquilla y a ratos como si fuera puro problema, y entonces llega el combo perfecto para el desastre: boletaje opaco, mapas que aparecen tarde, precios que se sienten castigo, reventa con esteroides y, cuando explota la inconformidad, la respuesta es “ahora sí vamos a vigilar”.

Y luego está el elefante en la fila virtual: los precios disparados y las duplicidades de Ticketmaster, porque no es solo que el boleto sea caro, es que aparece dos veces, tres veces, con tarifas dinámicas que nadie explicó y cargos que parecen castigo por querer entrar, la misma butaca a distinto precio según la hora, el ánimo del algoritmo o la suerte del usuario, eso no es mercado libre, es opacidad tecnológica con aroma de monopolio, y lo peor es que se normaliza, se asume que “así es” cuando en realidad es una falla de regulación pública, porque si el entretenimiento es un sector estratégico, no puede funcionar como casino. Hay que observar detenidamente: la juventud no está pidiendo boletos regalados, está pidiendo reglas claras, límites razonables y que no se juegue con su ilusión como si fuera un experimento de laboratorio.

Las y los jóvenes, por cierto, no está pidiendo magia, está pidiendo cosas bien básicas: transparencia, trato digno, movilidad nocturna segura, información clara, precios defendibles, cero abuso, y sí, también está pidiendo que la ciudad deje de ver la cultura pop como cosa menor, porque en 2026 un concierto es identidad, comunidad y salud mental colectiva, aunque a algunos les dé risa.

Para seguirle, aquí entra una idea que en otras ciudades ya es del sentido común: los artistas también le devuelven algo a la calle, no todo es escenario cerrado y boleto VIP, en lugares como París, Berlín, Barcelona o Buenos Aires es normal ver conciertos breves en plazas, estaciones o barrios como parte de acuerdos públicos con promotores o festivales; y en Medellín y Bogotá se han usado estos formatos para llevar música a colonias que nunca verían a esos artistas en vivo, no como caridad sino como política cultural, como pacto simbólico entre industria y ciudad, un “tocas aquí, pero también suenas allá”, por eso no suena descabellado pensar en una política para la Ciudad de México donde los grandes conciertos incluyan activaciones gratuitas en barrios, versiones acústicas, ensambles, talleres o presentaciones cortas en espacios públicos, porque así el espectáculo deja de ser solo mercancía y vuelve a ser derecho cultural, y porque una ciudad que presume ser capital del entretenimiento también debería ser capital del acceso.

Y para que no digan que esto es puro berrinche chilango, vámonos a seis ejemplos de políticas públicas comparadas, de esas que aterrizan:

  1. Londres institucionalizó la noche con la figura del Night Czar para coordinar economía nocturna, licencias, transporte y cultura, entendiendo que la ciudad de noche también se gobierna.
  2. Barcelona metió reglas claras para festivales y conciertos con estudios acústicos, planes de seguridad y criterios de sostenibilidad, permisos con obligaciones y no solo trámites.
  3. Buenos Aires opera programas públicos para acompañar a su industria musical con capacitación, redes y estrategia de mercado, fortaleciendo al ecosistema completo.
  4. Medellín impulsa un modelo de ciudad musical con formación y profesionalización, conectando barrios con escenarios y oficios con oportunidades.
  5. Bogotá activa circuitos culturales por localidades, planificando programación y movilidad cultural como parte del orden urbano.
  6. Corea del Sur, con Seúl como símbolo, trata la infraestructura de conciertos como asunto estratégico de Estado, ampliando capacidad y proyección global del K-pop.

¿Ves el patrón? En todos los casos la ciudad con visión de barrio y comunidad no espera a que la iniciativa privada resuelva sola; la ciudad regula, facilita, protege, coordina y pone un faro guía, porque si no lo hace, el mercado se vuelve selva, el vecino se vuelve enemigo, el fan termina estafado y la cultura se vuelve pleito más que tejido social.

Entonces, qué propongo que sea realistamente chilango, sin fantasías ni powerpoints de humo:

Primero, una Ventanilla Única del Entretenimiento para eventos masivos, con reglas públicas obligatorias de transparencia de boletaje, tablas de precios, mapas claros, porcentajes por etapa y reportes post-evento, con sanciones reales si se incumple, la vigilancia no debería llegar después del escándalo sino desde el diseño.

Segundo, un pacto de ciudad por la noche segura y móvil, coordinando transporte nocturno en corredores de recintos, iluminación, puntos seguros y salidas ordenadas, porque un concierto no termina cuando se apaga la luz del escenario sino cuando regresas vivo y tranquilo a tu casa.

Tercero, un modelo piloto en Benito Juárez como Distrito de Recintos y Economía Creativa, aprovechando la concentración WTC–Pepsi Center y su entorno, con lineamientos de convivencia urbana, gestión de filas, limpieza, comercio temporal ordenado y un fondo pequeño pero constante para profesionalizar talentos locales en audio, iluminación, producción y gestión cultural.

Finalmente, cuarto, decir hola a las nuevas reglas, para que como sucede en otras ciudades del mundo, venga a los barrios a tocar y fortalecer el tejido social, sin que eso termine costando millones del erario como en aquella explanada central. Bueno, este si va ser un buen tiro, pero eso es ir enserio con nuestra calle.

Porque sí, la CDMX puede llenar estadios, lo que todavía no llena es la parte adulta del asunto. La política pública que entiende que el entretenimiento ya no es el pan y circo de siempre, se trata de la economía creativa, la diplomacia cultural, el empleo juvenil y el sentido de pertenencia.

BTS generó el foco: no es que falten conciertos, es que falta ciudad para sostenerlos.

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