Lomitos chilangos: miembros de la familia que merecen derechos

Por Dora Isa González

En la Ciudad de México hay vínculos que no pasan por actas ni apellidos, pero sostienen la vida diaria. Llegar a casa cansada, abrir la puerta y encontrar a alguien que se alegra de verte sin pedir explicaciones. Para miles de personas, ese alguien es su lomito. No es exageración ni moda: es familia. Y sin embargo, el Estado sigue mirando este vínculo como algo secundario, cuando en realidad revela cómo vivimos, cómo cuidamos y qué tan humana es la ciudad que gobernamos.

Más de la mitad de los hogares capitalinos conviven con un animal de compañía. No es un dato frío: son decisiones cotidianas, gastos que pesan, tiempos que se ajustan y afectos que sostienen. En una ciudad donde la vivienda se encoge, el salario no alcanza y la incertidumbre se volvió rutina, los lomitos se convirtieron en ancla emocional y, para muchas personas, en su principal red de cuidado. El problema no es el amor, el problema es que ese amor se vive en soledad institucional.

La contradicción se siente en el barrio. Parques insuficientes, espacios mal diseñados, atención veterinaria pública que no alcanza para la realidad que se vive. Se habla de derechos y de bienestar urbano, pero se deja a las personas resolver como puedan algo que ya es un fenómeno social masivo. Cuando una práctica se generaliza, deja de ser privada. Cuidar también es una tarea pública, y gobernar implica asumirlo.

Otras ciudades ya entendieron que esto no va de sentimentalismo, sino de política pública eficaz. Integraron el bienestar animal a la planeación urbana con registros funcionales, esterilización permanente, clínicas accesibles y espacios dignos de convivencia. No lo hicieron para verse bien, sino porque comprendieron que una ciudad que cuida a los más vulnerables —incluso a quienes no hablan ni votan— es una ciudad que cuida mejor a su gente.

Hay que reconocer lo que funciona, aunque a algunos no les guste admitirlo. En Benito Juárez existen clínicas veterinarias públicas y espacios para perros en parques que, sin discursos épicos ni propaganda, ya están resolviendo lo que otros solo prometen. Son ejemplos claros de que el cuidado sí puede ser política pública cuando se deja de ideologizar hasta la banqueta. También en el Congreso capitalino han aparecido iniciativas para reconocer a los animales de compañía como parte de la familia, propuestas sensatas que, irónicamente, corren el riesgo de dormir el sueño eterno no por su contenido, sino por la camiseta de quien las presenta. Porque en esta ciudad parece que algunas ideas no se evalúan por si mejoran la vida, sino por si vienen con el color correcto; y mientras se decide eso, quienes cuidan —humanos y lomitos— siguen esperando.

Aquí seguimos atorados en el discurso. En México hay más de 40 millones de perros y millones más sobreviven en la calle. No porque falte conciencia individual, sino porque falta una estrategia pública que prevenga el abandono, acompañe el cuidado y entienda que el bienestar animal es parte del tejido social. No reconocerlo es administrar la ciudad con los ojos cerrados.

Como dice Bad Bunny, “nadie sabe lo que uno siente por dentro”, pero el barrio sí. Lo sabe quien sale a pasear a su lomito para respirar un poco, quien ajusta el gasto para pagar una consulta, quien encontró en ese vínculo una forma de resistir la soledad y el desgaste. Reconocer derechos para los lomitos no es ponerlos por encima de las personas; es reconocer que el cuidado es una necesidad colectiva y que una ciudad que cuida, duele menos.

Por cierto…

Y este cansancio también se vio este domingo en la marcha de la Generación Z. Fueron pocos, sí, pero no irrelevantes. Lo que expresaron no fue apatía, fue hartazgo. Hartazgo de un discurso que prometió no mentir, no robar y no traicionar al pueblo, mientras una nueva élite empieza a romper esa promesa en los hechos. No marcharon por moda, marcharon por contradicción.

A las juventudes hay que hablarles claro: sentirse cansadas no es rendirse, es darse cuenta. Ser pocos no es fracasar, es resistir cuando el entusiasmo se desgasta. La política no se mide solo en multitudes, sino en coherencia. Seguir cuestionando, seguir caminando y no convertirse en aquello que se criticó sigue siendo el acto político más radical que nos queda. Por la ciudad, por el barrio y por todos los vínculos que nos enseñan que cuidar también es una forma de luchar.


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