Por Dora Isa González
Diciembre siempre llega con una trampa bien vestida, luces encendidas, playlists nostálgicas, discursos de cierre y esa idea colectiva de que el año termina y con él también debería terminar el cansancio, pero en la ciudad chilanga no ocurre así, aquí mientras unos levantan la copa y hacen balances personales otros siguen contando monedas, turnos, horas extras y silencios, es decir, la desigualdad no se va de vacaciones, al contrario, se exhibe con mayor crudeza justo cuando se supone que todo debería ser celebración.
La Ciudad de México en diciembre es una postal partida en dos: de un lado centros comerciales llenos, cenas reservadas con semanas de anticipación, viajes planeados; del otro, hogares donde el aguinaldo apenas cubre deudas, donde enero se siente como amenaza y no como inicio, donde cerrar el año no es alivio sino vértigo. Según datos oficiales, más del 45 % de las personas ocupadas en la ciudad trabajan en condiciones de informalidad o sin prestaciones completas, y para ese sector diciembre no representa descanso sino mayor presión económica, porque el consumo sube, pero el ingreso no.
El problema no es solo económico, es urbano, cotidiano y profundamente político, en que la desigualdad no se expresa únicamente en cuánto ganas sino en cuánto descansas, en el tiempo disponible para convivir, en la posibilidad de pausar sin culpa. Hay quienes pueden detenerse a pensar qué les dejó el año y hay quienes no pueden darse ni ese lujo, porque la ciudad tal como está diseñada premia a unos y exprime a otros incluso, y sobre todo, en fechas que deberían ser de cuidado colectivo.
En zonas donde conviven colonias con alto dinamismo económico junto a otras donde cada peso cuenta, esa desigualdad se siente más cerca, no como concepto abstracto sino como experiencia diaria, basta cruzar unas cuantas calles para ver realidades opuestas coexistiendo sin tocarse. En esas fronteras invisibles la ciudad se ilumina, pero no abraza, y diciembre acentúa esa distancia.
En otras ciudades del mundo este mes se entiende como un periodo crítico, no solo festivo: en Montevideo los gobiernos locales refuerzan apoyos directos y servicios públicos durante fin de año porque saben que es cuando más se resienten las brechas; en Berlín los presupuestos municipales incorporan esquemas contracíclicos que fortalecen transporte, atención social y apoyos temporales justo en invierno; y en Quebec los servicios comunitarios se amplían no como caridad sino como política preventiva. La lógica es clara, anticiparse al golpe social antes de que llegue enero.
Aquí seguimos actuando como si diciembre fuera una pausa neutral cuando en realidad es un amplificador de desigualdad, las jornadas laborales se alargan, el tráfico empeora, el estrés se acumula y el mensaje implícito es que si no alcanzas es un problema individual, no una falla estructural. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares, casi 6 de cada 10 hogares en la ciudad no logran ahorrar nada al cierre del año, y aun así la narrativa pública insiste en celebrar como si todos estuvieran en la misma mesa.
El aguinaldo se presenta como salvavidas cuando para muchos es apenas un parche. ¡Vaya!, no existe una estrategia local que piense ese ingreso extraordinario como parte de una política redistributiva más amplia. En ciudades que han avanzado más, estos momentos estacionales se aprovechan para reducir tarifas de transporte, reforzar servicios básicos, apoyar a trabajadores de ingresos variables, aquí se deja todo al mercado y a la resistencia individual.
La desigualdad también se siente en el espacio público, diciembre hace más evidente quién puede moverse con facilidad y quién queda atrapado en traslados eternos; quién puede cenar con calma y quién come de prisa antes del siguiente turno; quién puede cerrar ciclos y quién sigue sobreviviendo sin tiempo siquiera para pensar. Eso no es anecdótico, es el resultado de decisiones urbanas acumuladas.
Lo más delicado es que lo hemos normalizado, nos acostumbramos a que haya dos diciembre coexistiendo sin tocarse, y cuando algo se normaliza deja de indignar, por eso aceptar la desigualdad como paisaje urbano incluso en fechas de cuidado mutuo es tan peligroso, porque convierte la exclusión en costumbre.
Las ciudades que han logrado contener mejor estas tensiones no lo hicieron con discursos sino con decisiones concretas: transferencias locales temporales bien focalizadas, ampliación de servicios públicos en fin de año, coordinación con empleadores para esquemas laborales flexibles, protección efectiva de quienes sostienen la ciudad cuando otros descansan. Nada de esto es radical, es política pública con sentido común y sensibilidad social.
Pensar diciembre como un mes estratégico permitiría además reconstruir algo que se ha ido erosionando, la confianza, confianza en que el gobierno local entiende los ritmos reales de la gente, en que la política no solo aparece en campaña o en crisis, sino también cuando el cansancio es colectivo y silencioso.
Cerrar el año debería ser algo más que hacer balances individuales, debería ser un ejercicio público de responsabilidad, preguntarnos a quiénes les fue bien y por qué, pero también a quiénes no y qué se puede hacer distinto desde lo local. Cuando cada diciembre se repite la misma escena la desigualdad deja de ser una falla y se convierte en diseño.
Tal vez el verdadero brindis pendiente no sea por lo logrado sino por lo que aún no nos atrevemos a corregir, una ciudad que celebra mientras excluye no es una ciudad plena, y una política pública que no mira diciembre como el espejo incómodo que es seguirá llegando tarde, incluso cuando las luces ya se apagaron.
Cerrar el año con dignidad debería ser un derecho urbano, no un privilegio, y mientras eso no ocurra, la desigualdad seguirá sentándose a la mesa, aunque nadie la invite, muy cerca, demasiado cerca de casa.
Ahora la luz va por nuestro México y nuestro barrio chilango.
