Por Dora Isa González
Al acercarse Año Nuevo la ciudad se enciende entre brindis, festejos en las azoteas, luces que reflejan en los parabrisas y música que vibra desde las ventanas, pero para miles de jóvenes mayores de 18 años el fin de 2025 no llega con promesas cumplidas sino con la misma pregunta que los acompañó todo el año: si enero traerá una oportunidad real o si seguirán tocando puertas que parecen cerradas para quienes comienzan su vida laboral en una metrópoli donde el ritmo es rápido, la competencia intensa y el futuro parece rebotar entre avenidas, trolebuses y pasillos del metro sin encontrar salida.
Las cifras oficiales hablan de estabilidad, pero basta escuchar conversaciones sueltas en transporte público, mesas compartidas en cafés o charlas improvisadas al salir del trabajo para entender que la tasa de desempleo juvenil desde los 18 hasta los 29 años sigue siendo más alta que la del resto, que la mayoría de edad no garantiza experiencia ni contrato, que los primeros pasos laborales suelen ser los más empinados y que muchos jóvenes pasan su primer Año Nuevo como adultos preguntándose si entregar paquetes, atender mostradores o encadenar trabajos temporales será siempre la única forma de mantenerse en pie en una ciudad que promete futuro pero se lo piensa dos veces antes de darlo.
A lo largo de diciembre los números se vuelven historias concretas, jóvenes que terminan contratos de temporada sin renovación, que trabajan turnos dobles sin seguridad social, que salen de prácticas profesionales sin oferta de continuidad, que regresan tarde con cansancio y la pregunta clavada en el pecho de si la ciudad en la que crecieron tendrá lugar para su trabajo, su vida, sus sueños, mientras las narrativas oficiales repiten que todo mejora, muchos guardan la sensación de estar corriendo mientras la cinta no avanza.
En América Latina hay señales de que sí se puede hacer otra cosa, sin varitas mágicas pero con política pública seria y continuidad: Medellín consolidó programas locales de innovación y emprendimiento juvenil que conectan formación tecnológica con empleo real, Montevideo fortaleció el empleo juvenil con apoyos directos a cooperativas jóvenes y esquemas laborales acompañados por el municipio, Curitiba vinculó formación técnica con empresas locales en programas de primera experiencia que no se quedan en el papel, y Santiago impulsó rutas de capacitación que conectan certificación laboral con puestos formales en sectores estratégicos. Todas ciudades que entendieron que juventud no es becario eterno ni trabajador desechable, sino fuerza laboral que sostiene cultura, barrios, movilidad, economía y vida urbana.
Estos ejemplos no son recetas para copiar al carbón, son recordatorios de que cuando una ciudad se pone seria con su juventud abre puertas que antes parecían selladas, de que los primeros contratos no nacen solos, de que los gobiernos locales pueden ser el puente entre estudio y empleo sin disfrazar precariedad de oportunidad, y que acompañar a quien recién cumple 18 años no es gasto sino inversión contra el desgaste del futuro.
Aquí la discusión ha sido más lenta, porque la juventud suele ser vista como promesa pero no como presente, como estadística electoral y no como gente que trabaja, crea, emprende, cuida y sostiene barrios completos, y cada vez que se cierran puertas a quienes apenas empiezan perdemos arraigo, talento y posibilidades, mientras los discursos dicen que todo avanza, muchos jóvenes mayores de edad sienten que el terreno es resbaloso, que el empleo estable parece una casa que se mira desde afuera y no se puede habitar.
Para abrir el camino desde enero hace falta una decisión clara, que la Ciudad de México acuerde un Programa Especial de Inserción Laboral para Juventudes 18-29 con compromisos públicos entre empresas, universidades, gobierno y organizaciones sociales, que garantice empleo digno desde el primer día, con seguridad social, rutas de crecimiento, mentorías obligatorias y acompañamiento integral, que los apoyos no sean una antesala perpetua sino una pista hacia el empleo formal, que la formación tenga salida laboral concreta, que estudiar sirva, que trabajar no sea ruleta, que quedarse sea opción y no resignación.
Llamados a la acción ciudadana desde lo chilango auténtico
Si eres joven y estás sin empleo exige datos claros por edad para saber dónde estás parado y no quedarte atrapado en promedios que no dicen nada de tu vida, si trabajas en una empresa o comercio impulsa abrir espacio para quien apenas empieza porque un primer contrato puede cambiar un destino completo, si estudias organiza a tu comunidad para que los convenios académicos se traduzcan en empleos formales con seguimiento y no solo en prácticas que se evaporan cuando termina el semestre, si formas parte del barrio apoya y recomiéndale trabajo a la juventud que emprende porque un pedido o una referencia pueden sostener el mes y abrir puertas donde antes no había nada, y si gobiernas deja de anunciar esperanza y convierte las palabras en rutas laborales con fechas, metas y acompañamiento porque la juventud ya es adulta y necesita oportunidades que existan más allá del discurso.
La política que sirve no se mide por el estruendo del Año Nuevo sino por las vidas que pueden sostenerse cuando baja el confeti y sube la realidad, porque el verdadero brindis será cuando cada joven mayor de 18 años pueda mirar el calendario con la certeza de que esta ciudad no le cierra la puerta antes de intentarlo.
¿Quién rescata a las juventudes desempleadas? La respuesta no está lejos: lo hacemos juntos cuando dejamos de verlos como futuro y empezamos a tratarlos como presente.
