Por Dora Isa González
La Ciudad de México se levantó esta mañana bajo el ritmo imparable de sus calles, bajo la sombra de una tensión que ya no admite eufemismos: las juventudes profesionistas están desbordadas y sin garantía de futuro. El hashtag #PoderosoMiCansancio emerge como un grito colectivo —cansancio no de flojera, sino de sostén— en una urbe que exige horas, desempeño, creatividad, pero que ofrece renta cara, contratos frágiles y seguridad social inexistente.
Imaginemos: en la capital la población ocupada suma 4.89 millones en 2025, pero casi la mitad trabaja sin seguridad social; entre jóvenes, la cifra sube a más del 60%, y en los de 15 a 29 años, la informalidad supera el 69%. En una ciudad que presume modernidad, la juventud sigue viviendo al borde, sin certeza de un contrato estable ni una vivienda segura. Ser joven aquí es tener talento, pero vivir en el filo.
Este no es un fenómeno aislado. Otras ciudades enfrentaron la misma crisis y entendieron algo que la Ciudad de México aún no asume: sin estabilidad para los jóvenes, no hay futuro urbano posible. Barcelona lo comprendió antes que nadie; su generación joven, igual de exprimida por rentas imposibles, impulsó un viraje legislativo que hoy vincula el precio de la vivienda al ingreso real, reduciendo la expulsión de jóvenes de zonas céntricas. En Buenos Aires, el gobierno se convirtió en aval para quienes no tenían garantías formales, reduciendo en un 40% los rechazos por “falta de contrato”. En Seúl, la política de “cohousing juvenil” dio espacios dignos a jóvenes que estudian y trabajan, reduciendo sus costos de vida y aumentando la tasa de empleo formal entre menores de 35 años.
Mientras tanto, esta mañana las calles chilangas estaban bloqueadas, la ciudad detenida por conflictos que no nacen en la juventud, pero que la juventud paga. Mientras unos protestan deteniendo el tránsito, otros trabajan desde donde pueden —una banqueta, un café, una sala prestada— porque dejar de producir significa perder ingreso, vivienda o estabilidad. Esa es la doble cara de la ciudad: algunos pueden parar; los jóvenes no.
Ante esto, no basta el diagnóstico; necesitamos una política pública que responda con la misma fuerza con que la ciudad exige.
Primero, es necesario un programa de “Vivienda Justa para Profesionistas Jóvenes”, inspirado directamente en el modelo catalán. Barcelona demostró que limitar el precio de la renta a un porcentaje del ingreso —no al mercado— permitió que miles de jóvenes permanecieran en sus barrios. Implementar esto en alcaldías como Benito Juárez sería un giro histórico: implicaría que un joven no tenga que elegir entre vivir cerca de su trabajo o sobrevivir lejos de su vida.
Segundo, la ciudad necesita un aval público que garantice el acceso a vivienda para jóvenes sin contrato fijo, al estilo de Buenos Aires. Allá, el Estado funge como garante y reduce la especulación. En CDMX, donde el trabajo independiente domina entre jóvenes profesionistas, esta figura sería la clave para romper el ciclo de “tienes ingresos, pero no tienes cómo comprobarlos”.
Tercero, es imprescindible crear un “Seguro Juvenil de Trabajo”, una política que ya aplicaron ciudades como Toronto o Montevideo, donde trabajadores independientes reciben protección laboral básica sin depender de un solo empleador. En esas ciudades, esta medida redujo la vulnerabilidad de freelancers y profesionales jóvenes, y aumentó su capacidad de acceder a créditos y vivienda. En CDMX, donde gran parte del talento joven trabaja por proyecto, este seguro sería un acto de justicia generacional.
Finalmente, urge un Fondo de Estabilidad Laboral Juvenil, inspirado en programas como los de Seúl y Quito, que ofrecen contratos temporales renovables y formación pagada para jóvenes. Estas ciudades entendieron que la transición al empleo formal requiere acompañamiento estatal. La Ciudad de México, capital económica del país, no puede quedarse atrás.
En otros andares radiopasillo …
Lo vimos también en un escenario inesperado días atrás: Miss Universo. Una joven mexicana de la Generación Z usó su voz con una claridad incómoda. Esa joven confrontó al jurado con la misma verdad que aquí confronta la juventud a su ciudad: “Tengo talento y derecho de protestar por lo injusto”. Su valentía en un escenario global es la misma que se escucha en los barrios chilangos sin micrófono permitido, en los chats de trabajo, en los pasillos de oficinas sin contrato y en las cocinas de depas compartidos.
Ella es un espejo de esta generación que ya no pide permiso para nombrar el problema.
Y si algo queda claro es esto: el cansancio de la juventud chilanga no es debilidad; es una frontera política. Es el punto donde la ciudad debe decidir si seguirá dependiendo de una generación agotada o si, como Barcelona, Buenos Aires, Seúl, Toronto y Montevideo, dará un giro para sostener a quienes sostienen la ciudad.
Porque #PoderosoMiCansancio no es un susurro: es una advertencia histórica. Y esta generación, cansada pero despierta, será quien escriba lo que viene, pongámosle nombre al proyecto: requerimos seguridades sociales.




