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… Y después del Coronavirus ¿Qué nos depara?: Halyve Hernández |Navegantes Literarios

Por: Profesor Halyve Hernández Ascencio

Un conjunto de reflexiones literarias sobre la Humanidad-Mundo y el Coronavirus.

El primer manifiesto

Es el hombre y su estancia de estar y ser en este espacio terrestre -una brizna, una casi nada en la inmensidad del universo- lo que le da significado a la Tierra, dado que sin el ser humano, nuestra esfera no tendría un sentido, una razón de ser; luego entonces, en esta lógica de ser, debemos desprender de ello, que somos un producto natural de la creación de este ente terráqueo, verdadera Causa prima de toda existencia, y por ende, defensor filial, responsable y desprendido, tanto del ser humano como de su comportamiento.

En esta lógica especulativa, metafísica, realista, idealista, o como se guste clasificarla, hay una verdad irrebatible, que es el ineludible binomio: Tierra-Hombre u Hombre-Tierra, “el orden de los factores no altera el producto”, por lo cual, esto nos apuntala el argumento de que en esta relación ineludible, esta crisis nos está dando una advertencia, que se resumiría en la siguiente cláusula: O entendemos que el orden establecido por el hombre en su relación con su hábitat se modifica, o la creación humana se acaba, y con ello, la esencia de ser y estar en este planeta.

El hombre como una creación, la Tierra como Creadora, ha mandado el aviso con su propio lenguaje: -Te mando este mensaje vía un virus, para que ratifiques lo que has construido erróneamente: los valores morales los has tergiversado, has marginado el pluralismo de la raza humana y su igualdad, y en ello la has llevado al hartazgo de los pocos sobre los muchos, y por ello estoy desencantada, frustrada, traicionada por ti, mi amada creación. Toma nota.

Esta crisis de un yo selectivo y de una egolatría superlativa sobre los otros, ha llegado a su límite, este aviso (virus) es la oportunidad para rectificar esta cosmovisión de una verdad traicionada, porque hay que entenderlo; el hombre, esta creación máxima y sublime, procreada por la madre Tierra; está, debe estar, en íntima y equilibrada armonía, dado que, lo que sucede en este binomio natural de esta creación, debe ser visto como una cosmovisión totalizante y totalizadora.

Quien escribe esto, lo hace de una manera simbólica; más recordemos que el simbolismo, es justo eso, una manera en que el inconsciente ahíto de sí, busque en esa desesperación y angustia, una explicación del por qué, de esta injusticia a que nos ha llevado este hartazgo insensible de la élite política, grupo nano, selecto, depredador e injusto que ha marginado y subyugado ¡hasta la ignominia!, a la mayoría de la humanidad que es parte inalienable y consustancial de este Todo en que vivimos todos

¿Es pues hora de ratificar o de rectificar?, el aviso está dado.


Segunda oleada: Una cosmovisión basada en nuestro tiempo.

El aviso está dado, después del cataclismo universal de esta pandemia decretada, se necesita obligatoriamente la construcción de un hombre actualizado de acuerdo con el avance cultural y científico al que hemos alcanzado; en esta lógica, pues se necesitan valores adecuados al tiempo que vivimos, porque los tiempos cambian y con ello, deben cambiar los valores, para así ser congruentes con uno mismo.

Y sobre el cambio, a vía de ejemplo, mencionaremos sólo tres hechos significativos en la historia humana: Colón tocó tierra firme, Lutero clavó sus tesis en las puertas mismas del Vaticano, el hombre pisó la luna y todo quedó trastocado, vinieron cambios por la inercia de una realidad que ya no soportaba más su asfixia, dado que un mundo había fenecido y otro ya había nació y exigía así su derecho y petición a entender el cambio.

A la Tierra se le confirmó en ese periplo, que era redonda, el monje rebelde cuestionó la tergiversación de una doctrina, el hombre conquistó lo inconcebible, la consecuencia pues -y ahí están las pruebas fehacientes- que no hay: sistemas, verdades, posiciones, amores, morales absolutas, es pues el drama de la creencia individual o la de grupo; y basado en esto, esta pandemia, tiene la misma dimensión de estos tres acontecimientos citados.

Y para curarnos en salud, sabemos que habrá los negacionistas, que una vez pasada esta pandemia, se mofarán y hasta negarán el hecho. A propósito, citaremos unas palabras que dijo nada menos que un filósofo (Jean Bodín) que pontificó alegremente: “Nadie que esté en sus cabales o que tenga un mínimo conocimiento de física, pensará jamás que la Tierra, maciza y difícil de mover a causa de su peso y su masa, gira torpemente sobre su centro y alrededor del Sol; pues a la más ligera sacudida de la Tierra, veríamos desmoronarse ciudades y fortalezas, pueblos y montañas”, la inteligencia de Copérnico y su teoría heliocéntrica cuestionada.

Y por qué, y sin negar la sapiencia de Bodín, es que -creemos- que el filósofo, en vez de pensar por sí mismo y claro que lo hacía (pero, más bien, del error cometido), es que lo interpretó en base al dogma y la creencia en el libro sagrado; otra cosa hubiese sido si actúa en base a sí mismo. Desprendiendo de esto, esta pandemia pues, necesita análisis individuales y propios, y no tratados a través de otras “verdades”.

Esta cosmovisión, pre coronavirus, debe ser suplida por una cosmovisión actual, la toma de conciencia de que este tiempo, este espacio, deber ser enseñoreado por el hombre en general, y no el hombre excluyente, selecto y egoísta.

Una pregunta subversiva se antoja en este tema ¿Un dios teológico creó el mundo, o una diosa Tierra fue la creadora?

Pregunta de múltiples criterios, que al final o en esencia, no debe presentar polémica, resquemores, anatemas, saques de quicio o “muerte a los infieles”, la respuesta es simple, Dios es solo un símbolo, el que puede interpretarse justamente como un concepto; cientos de religiones prueban esta aseveración o sugerencia, pues cada una de estas creencias, tiene su propia interpretación, la que al final llega al mismo punto.

En esta sugerencia, quizá, o seguramente, debe quedar claro que habría que entender que la reflexión sobre la causa prima de lo creado, debe tener certeza en su análisis; y con ello, no habría más que recurrir a la evidencia de los sentidos, más su conductor nato que es la mente, lo cual es una forma simple y acertada para probarlo, no hay vuelta de hoja.


Tercera ola: Este no es el fin

Creemos que es lógico que exista una condición natural del hombre en perpetuarse, y esto quizá vaya más allá de nuestro yo engreído y vanidoso, sino que este sentir analizado desde la profundidad espiritual, más bien sea una parte natural de un deseo acendrado por vivir en un ad infinitum; este es, me permito adminitirlo, el diseño de quien nos ha creado ¿Quién?, la célula, los aminoácidos, el azar, la naturaleza o quien sea, pues necesariamente hay algo que nos creó.

Y, como toda tesis tiene su antítesis, existe también la muerte, la inevitable muerte, la que quizá no es un fin, y más bien, significa una vuelta al origen; pues si en el principio fue el grito, al final necesariamente debe ser el silencio, lo cual agría o contamina este deseo natural del perpetuarse, y lo agría, sí, pero quizá sea para renovar otra vez la alianza del vivir.

El final entonces, el final inevitable, tal vez sea una forma de decirla a la soberbia del hombre, -¡Cuidado!- concientiza que hay límites en todo, te digo esto, para que concientices que la vida es hermosa, que la vida tiene sentido, que la vida tiene que vivirse, sí, pero con un fin, con una razón.

Y en base a ello, hoy en este drama de la pandemia, se toma conciencia de que tan temida es la muerte; y para ello, hay muchos antídoto; que para bien  o para mal, en esta crisis, se ha desarrollado un humor ante algo tan trágico, que aparentemente puede ser tomado como un sacrilegio, pero no, más que eso, es un golpe a la soberbia de que no somos infalibles y dueños de una verdad exageradamente individual, y este drama se presenta para que tomemos la realidad con conciencia.

Tiempo propio para burlarnos de nosotros mismos, para minimizar nuestro yo, un yo tasado por nuestro egoísmo, como que, en este desfase personal, nos creemos dignos de medirnos en un orden superlativo. ¡No!, esto no, este drama se presenta justo para ubicarnos en la medida justa, o quizá para entender al otro, al otro igual a mí, y no el otro excluido de mi yo; hora pues de valorar la vida, para darnos confianza a nosotros mismo.

Han llovido noticias de muerte, de contaminación, de rumores de un ahora si nos morimos. El hombre se ha dejado arrastrar en este maremágnum de miedo, para tal vez, todo esto, con todo su peso de influencia y manipulación, algo se ha rescatado: que la muerte existe; luego entonces a la vida hay que darle su justo peso y su medida, hoy, puedo decirme, ya no soy un espectador sumido en la pasividad, sino un actor activo de la realidad circundante en que yo vivo.

No nos angustiemos, pues, con un fin, sino que, vivamos un renacer bañado por el gusto de ser, sí, el gusto de ser, y solo eso, nos aguarda una toma de conciencia por tomar conciencia de que el valor, los valores emanan de nosotros mismos, … y eso…, hay que cultivarlo.

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